domingo, 28 de marzo de 2021

MORIR POR NATURALEZA

MORIR POR NATURALEZA es un proyecto de escritura autobiográfica donde estoy experimentando (con)fundir mi conciencia de carácter masculino y los aspectos femeninos reprimidos de mi personalidad con el objeto de alcanzar la síntesis de ambas mitades que me integran (la natural complementariedad de los pares opuestos, más allá que estos son presentados  bajo la lupa de la razón moderna y cristiana como irreconciliables polos en conflicto) en medio del transfondo material de mi lucha por la libertad en el contexto de un país devastado por la acción de una modalidad periférica y sudaca del capitalismo crepuscular de los siglos XX y XXI. 

 

"Dios nos mandó a vivir para morirnos por naturaleza".

(Homer el Mero Mero, Argentina).

"El viento no se oye a sí mismo pero nosotros le oímos, las bestias se comunican entre ellas pero nosotros hablamos a solas con nosotros mismos y nos comunicamos con los muertos y con los que todavía no nacen. La algarabía humana es el viento que se sabe viento, el lenguaje que se sabe lenguaje y por el cual el animal humano sabe que está vivo y, al saberlo, aprende a morir".

(Octavio Paz, El mono gramático).

"La muerte es natural y la tiñeron negra".

(T&K, Let's go).


(I)  

La forma en que Ambi le hablaba y el tono de su voz traducían calma, pero no dudaba que se trataba de una calma obtenida a fuerza de tragar cigarrillos. Él, en cambio no fumaba. Y, cuando lo conversaba con Galta, su Daimon, comprendía que fumar sería para él un gran alivio, una forma de bloquear la ansiedad que se manifestaba corporalmente a través de síntomas como mierda blandengue y uñas destrozadas. Ambi tenía la tranquilidad del fumador. Para él, que no fumaba, ese atributo era sensual y le dejaba un gusto amargo en la boca, que era regusto de compartir la bombilla del mate con alguien que a la vez está fumando. Porque sabía las razones precisas por las que con respecto al tabaquismo él, que no se las daba de puritano y que de ninguna porquería tóxica distribuida por los mercados clandestinos se privaba, era straight edge. Sabía que fumar puchos industriales contradecía la vocación más explícita con que su espíritu se manifestaba: cantar, silbar, tocar instrumentos de viento y ejercitar la técnica de la respiración consciente que se acompaña con movimientos del diafragma y en sesiones de meditación determina y estructura el constante esfuerzo que supone el control mental y en rituales ejercicios de antigua inspiración sagrada, el movimiento de los músculos y los huesos en la búsqueda de aquella cima inimaginada que es el potencial de la flexibilidad de un cuerpo humano. Fumar no era una opción para él. Galta le explicaba las razones por las cuales el pensamiento sobre la vida sana que él decía querer practicar, el pensamiento de su salud encontrada en las recomendaciones de la dieta y la disciplina corporal, como parte íntegra de la disciplina de la mente, conllevaba en sí mismo el principio de su disolución: la neurosis, el aislamiento cerebral que le impedía habitar el mundo primario de los sentidos abiertos y del jugo de los frutos de la naturaleza ofrecido en la incitación intensa de los placeres, de los vicios y de las tendencias más salvajes y propias de lo que la gente bien piensa como libertinaje. Cuando veía que Ambi fumaba, y que Ambi fumaba cojiendo, que se fumaba dos puchos seguidos cuando llegaba la hora de coger, se decía para sí: “sí, yo también podría buscarme las puras horas alegres todos los días y todas las semanas, con tal de no presentar en mí mismo el dolor de poseer un cuerpo averiado, y, en caso de disfrutar esa libertad de dejarme penetrar todas las noches de todas las semanas, sin sentir el dolor acuciante que me genera miedo de oponer una resistencia al acto mismo que deseo, ser esa persona que ya no se preocupar por el orden de las fechas y por las fórmulas que modelan la evolución de los fenómenos tal cual están descritas en los manuales y así convertirme en ese chongo que solo haya el goce en el goce verdadero – y no en este goce secundario y abstracto de calcular cronologías y explicar las diferencias que el paso del tiempo impone a las dinámicas que rigen a las luchas por la correlación de poder dentro de las sociedades – ser ese chongo, entonces, que desata para sí la posibilidad del goce verdadero, sí, que es del cuerpo que eyacula todos sus nervios de la misma manera en que fuma para no tener que lidiar con la sabiduría de que hasta el ritmo de su propia respiración le pertenece y que como es un proceso orgánico consciente lo puede controlar”. ¡Cuando Ambi fumaba él inhalaba el humo y sentía la distancia que intermedia entre el pensador y el ser pleno que vive la vida sin dilaciones ni intermediarios! Esa distancia era para él más que una tortura: era una navaja en el talón, era una podredumbre, era una luxación del sentir con respecto a la voluntad entre la excitación nerviosa y el duelo del alma melancólica. Por eso Galta, su espíritu guardián, le sugería veladamente que fumase y que se dejara de joder con aquel cáncer subrepticio que era el principio de disolución presente en su pensarse desde la vida sana, porque la vida no podía ser sana si constantemente se quejaba de no saber disfrutar, si decía, con la mirada estúpida del que no comprende, del que no se anima, del que no quiere escuchar la verdadera pulsión del ritmo de su presión sanguínea, la mirada inocente y destinada a la niñez prima facie de los rostros de aquellos que no fuman, si decía con la mirada fija en retener el control sobre asuntos insignificantes a los que atribuía grandísimo valor en su existencia, que él era muy sabio, “sabio, sabio tu serás, pero por más sabio que tú seas, ay, no tienes felicidad, y tú no tienes felicidad: ¡De sabio no tienes na’!”

 


¿Qué eran los signos, de dónde venían los signos, cuál era su origen y por qué gobernaban el mundo? Galta le sugería que se entregara pasivamente, que cediera el control, que su llamado a la razón que parcela y cuadricula el paso del tiempo lo estaba matando de forma intestina y celular. Que no podía ser tanta hipocresía con respecto a su propia vertiente interior: debía declarar ya su verdadero nombre, su verdadero bien, la representación de cuál sea que fuera su deseo. ¿Su deseo era fumar cigarrillos? Si, evidentemente, él ya fumaba: fumaba cuando otros fumaban a su lado, inhalaba ese aire, inhalaba ese humo. Era fumador pasivo, fumador no declarado. De igual forma a veces le daba unas pitadas a cigarrillos armados de tabaco; de igual forma, continua, repetidamente, y en una relación mucho más saludable que con cualquier otra cosa o persona en su existencia, fumaba porro. ¡Era fumador entonces! El problema era dar el paso hacia la adicción a la nicotina. Y no querer caer en esa adicción le permitía formular su proyección hacia una felicidad (pero la felicidad es sólo una ilusión) menos invasiva para las hendijas de sus pulmones. Sí: porque eso era igualmente cierto, si deseaba alegría de fumar cojiendo, deseaba, también, salud respiratoria. ¡Qué difícil era conciliar sus miedos con su pegoteada inclinación a la desmesura, que, por la vida misma de mierda que le tocó vivir en un siglo de mierda, vivía siempre bajo la cifra de la culpa! ¿Qué eran los signos y por qué lo gobernaban? ¿Cuál era la determinación de aquel universo cultural mediatizado por signos errabundos, por signos arbitrarios, por signos como soles, como ejes cartesianos, como fuentes de la representación, como abismos del sentido? ¡Todo era espantoso! ¡Todo era irreal! La pausa que necesitaba para tomarse en serio las cosas era la pausa entre su inclinación por fantasear con la muerte y el motor de vida y de placer que desde su entrepierna colgaba. Vamos por el mundo viendo como nos arrastra la sangre; y cuando la sangre deposita la presión arterial sobre la calentura del cuerpo catexisa, en el proceso, excitación de la carne con excitación por los signos. Ser penetrado: ¡ser penetrado era un signo! Era una realidad del cuerpo, sí, por supuesto, eso es lo obvio, lo evidente. Pero ¿le excitaba la realidad del cuerpo penetrado o le excitaba, más bien, la penetración porque comportaba ella el signo de un acto de sumisión, de entrega, de ofrecer en sacrificio una parte de su cuerpo para el disfrute de quien lo dominaba, lo agarraba de los pelos y le llenaba el cuello de baba y cuando le encontraba la boca abierta con la mirada angustiada de placeres inmundos completaba el pacto con un escupitajo? Por supuesto que el cuerpo repercutía alegremente cuando se lo acariciaba, cuando una mano ajena lo masturbaba y cuando la mucosa de unos labios recorría su pene. Pero cuando eran sus labios los que peteaban: ¿no eran igual de intenso el placer? Y el placer que sentía cuando era él el que entregaba un masaje de la boca a la ingle: ¿no era el placer de un acto a través del cual hacía sentir placer a su compañero? Las terminaciones nerviosas de los labios no eran como las terminaciones nerviosas del glande. Y sin embargo. Sin embargo el placer era más grande, era más potente, era un placer altruista y solidario. Ese placer era dominar a través del encanto de una chupada de pija. Y entonces un signo de sumisión, lo mismo que el signo de entregar la cola, en un inesperado retorcijón semántico, era un acto de dominación: porque domina quien entrega placer y es dominado quien se deja vencer por la corriente del goce. La eyaculación sentida como el mar en el que se diluyen todos los signos y en donde por un instante la pequeña muerte derrumba las resistencias de la cultura y lo lleva al hombre a experimentar (aunque sea una fracción del) infinito al que no puede retornar. El infinito se desvanece y entonces la pija queda postrada, el cuerpo busca reposo, se detiene la magia y el mundo vuelve a ser una red de signos espantados. ¿Por qué los signos gobernaban el mundo? Se lo preguntaba una y otra vez. Galta no tenía respuestas para ese interrogante tan superfluo y digno de la mente atrofiada del animal  humano. Galta no pensaba; sentía, por él, el doble de las cosas que sucedían en su mente y no calculaba, sino que intuía, en aquel conjunto de la cantidad de cosas que a él, por sus represiones, no le era dado conocer, la causa primordial de su grandísimo malestar. ¡Duro era vivir para esos humanos del siglo XXI, concluía Galta! (Pero concluir es acá no más que una forma verbal para expresar lo que no puede ser expresado: Galta estaba más allá de la lógica y de sus conclusiones, y por eso podía abordar estas sugerencias). Había conocido a muchachos como aquel a quien aconsejaba a diario, al humano de su predilección, el joven sensible y neurasténico desde cuyo punto de vista se narra este relato, había conocido humanos igual de sensibles y mucho más enfermizos que, incapaces de desarrollar un vínculo de profundidad con su espíritu guardián y con la interioridad y el canal secreto que discurre detrás de los hechos aparentes que determinan su existencia, no reconocían en sí mismos la integridad de sus contradicciones, la fusión de la bipolaridad moral a través de la que el sentir cristiano y el pensamiento racional sujetaban y degradaban al mundo. El mundo de los signos los avasallaba y los sumía en la desesperación. De los laberintos se sale flotando. Pero suicidarse no equivale a flotar.

(II)

Ir caminando, de noche, por calles de silencio. Ir y pensar mientras: que sea lo que sea, que se termine todo esta noche. Que pase. Que todo vuelva a su lugar, o que salga todo de donde nunca salió.

Él volvía. Volvía a su casa, de noche, pasadas las doce. Esa vez no volvía de bailar. La vez que se lastimó la rodilla el dolor había sido tan nítido, tan intenso, que se dijo: “está bien que, con tal de que esto se solucione, no vuelva a bailar por un buen rato”. “Con tal de no volver a sentir aquel dolor”. Galta no estaba con él aquella noche: quizás venía pensando demasiado.

Se había luxado la rótula de la pierna derecha. Pero esa vez no había vuelto a acomodarse, que es lo que le pasaba siempre que se le luxaba ese hueso. Se había golpeado la rodilla contra el cerámico. Había ido a la guardia del hospital después de desayunar polenta, con su amiga, Milena, que lo miraba con el desierto de dolor ajeno atragantado. Desde aquel instante (había pasado ya más de un mes) su cara había hablado en su nombre. Una mueca de tristeza trepanada. Pero ya había empezado a caminar de nuevo, aunque a bailar no se animara.

Era tarde, volvía del centro (acababa de descubrir que reunirse al aire libre a tomar cerveza con otras personas ya ni le interesaba en lo absoluto, y era una careteada en un contexto de millares de personas enfermándose de la peste) y sus pisadas resonaban en las calles de aquel barrio: un barrio ni tan de acá ni tan de allá, un barrio de personas tan copiosamente laburantes que no llegaban a ser algo por fuera de sus trabajitos de mierda de todos los días; gente que, como en todas las ciudades de la república argentina (esa informe fantasía fascista sudamericana para ejercer la represión en cuatro climas diferentes) se dedicaba a pasar sus años viéndose morir en el espejo sin importarles la inmundicia de sus vidas resecas como ropa machada de pintura o húmedas como galletitas de un paquete que se olvidaron cerrar (qué más da, ambas cosas son igual de inmundas). Iba caminando por ahí, una madrugada en marzo: el marzo de un año pesado, un año repleto de suplicios para su cuerpo. La suela de su zapatilla se había roto y ahora cada vez que pisaba era como si se le clavara un alfiler en la planta del pie. Su rodilla percutía angustiada como una extraña gelatina con caries. Su talón estaba sangrando porque se lo raspaba con la zapatilla, y también cada pisada implicaba un ardor (pero ¿cómo iba a molestarlo ese pequeño ardor después de haber cenado ron y coca?) Durante esa caminata, larga porque era ya la madrugada y se volvía caminando del centro a su casa porque ya no pasaban micros, recordó algunos temas que había leído días atrás en una publicación de Mahāsī Sayādaw.

(Chris Barbalis)

Había leído que para los budistas tener un cuerpo es equivalente a tener una colección de dolores. A esto lo denominan dukkha, o sufrimiento. Es uno de los tres rasgos – junto a la impermanencia, o annica, y a la noción de la insustancialidad o inexistencia del alma individual, es decir, anatman – que definen la existencia de cualquier ser vivo. A través de la meditación sería posible alcanzar un grado de percepción de estas características. Con tan solo sentarse, tomar conciencia del movimiento rítmico de la respiración abdominal – arriba, abajo – y detectar cada vez que la mente se extravía en un jardín de recuerdos vívidos, o se desplaza a la calle o al rincón más preñado de historia en la infancia, o entabla conversación animada con un interlocutor imaginario; cada vez que la mete conduce de un extremo al otro, la respiración debe ser puesta de nuevo en el foco y, tomando conciencia, nada más que del “arriba, abajo”, observar como el cuerpo ofrece un propio movimiento, el cual no controlamos. Como los budistas observan que la mente estuvo acá, después allá y terminó por recrear conversaciones y escenas y que esos movimientos de la mente duraron un instante, quizás cinco o diez minutos, quizás media hora, pero sea como sea concluyeron dando lugar a otra cosa, a esto lo denominan impermanencia; en el flujo de la existencia nada permanece igual por más de un segundo – recordemos que para Borges, cuando Ireneo Funes identifica con su memoria absoluta al perro de las 14:14 mirado de perfil y al perro de las 11:15 mirado de de frente, sentía la urgencia de ponerles nombres diferentes, pues reconocía que constituían fenómenos totalmente aislados o, cuanto mucho, diferenciables. La calle que él pisaba aquella noche pronto daba lugar  a una calle diferente; de las plantas que veía en la vereda pasaba a ver diferentes plantas en veredas diferentes; este principio – la mutación ejercida forzadamente por la forma en que nuestra impresión del tiempo transforma de múltiples maneras a la realidad – no es más que una constatación de su condición ilusoria: vivimos un sueño social y colectivo del que la cultura hipermoderna de nuestros días, pensaba él, con sus zapatillitas nike y sus conjuntos de ropa deportiva, no es sino su manifestación más degradada y ridícula. Era través de la realización y la experimentación de annica que los budistas llegaban a la realización y a la experimentación de dukkha. Nada permanece igual de un segundo al otro. La existencia muda de piel y, con el paso de los años se transforma dejándonos varados de sentimientos y rutas sin explorar y amarguras de todo tipo. El cuerpo envejece, los dientes se debilitan, el rostro joven (¿qué rostro joven no es un rostro bello, más allá de cualquier objeción capacitista o estetizante que puedan oponer a esto?) da lugar al rostro anciano con patas de gallo y labios agrietados. La visión se torna miope, se desvanece la posibilidad de moverse siquiera sin sentir dolor articular. Que las cosas no permanezcan siempre iguales, diría Sayādaw, no está bueno. No nos alegra constatar este hecho, sino todo lo contrario: él es la causa de innumerables sufrimientos. Y por eso el budista sabe – cosa que él supo también aquella noche en que volvía a su casa después de trabajar todo el día y con el dolor de la rodilla, el de la planta del pie y el del talón conjuntamente clavados –  que tener un cuerpo es estar expuesto a la condición perecedera que se halla en el origen de dukkha, sufrimiento. Una colección, una constelación de dolores.

“Pero no soy yo el que sufre”, pensaba, “sino este cuerpo y esta mente con los que, por alguna razón, el dominio de los signos sobre el mundo, mi capacidad de lenguaje y abstracción, me identifico”. Anatman: no existe el ego individual, “yo” no existe. Pero creemos que es así porque nos identificamos con el dolor que padecen el cuerpo y la mente. Separarse de esa identificación es ver el mundo con los ojos de Brahman, la fuerza cósmica que representa la totalidad de lo que existe, es decir, un gran vacío, una nada eterna, un bache de la percepción que se experimenta cuando comprendemos que no controlamos los procesos autónomos de una mente y de un cuerpo y miramos sin juzgar y simplemente sintiendo, sin nada más que estar atentos al “arriba, abajo” del abdomen, la plantilla inerte que es la realidad a nuestro alrededor, la unidad de todas las cosas, como el revés de la media o de la red del mundo compartimentado y bombardeado por los signos.

La caminata, el dolor, la noche en un barrio y el pensamiento que se instala para evitar pensar en las calles plenas del silencio. La luna llena, llenísima. Un perro que lo miró y le ladró.

“Ningún chorro tuvo nunca el coraje como para matarme”, pensó de repente y en algún momento: “ninguno tuvo los huevos para apretar el gatillo”. ¿O él no les había dado razón suficiente para hacerlo? Porque suicidarse era imposible. No podía terminar la vida de esa manera, su vida daba para muchísimo más y el suicidio era una intentona torpe si realmente quería escapar del laberinto (Galta se lo recordaba día por medio). Suicidarse era imposible pero ya ni quería vivir. Soñaba con encontrarse, de noche, en cualquier lado, con su asesino.

 


domingo, 14 de marzo de 2021

A través de un sueño que tuve hace unas horas conecto las circunstancias personales de mi existencia con algunas novedades en mi teoría sobre la producción onírica

Y escrito está que el hombre, mientras duerme, durante el sueño profundo, entra en su propio interior y vive en el atman. ¡Qué maravillosa sabiduría entrañaban esos versos! Todo el conocimiento de los grandes sabios se había reunido en estas palabras mágicas, puras como la miel de las abejas. No, no se debían menospreciar los enormes conocimientos que aquí se guardaban, reunidos por innumerables generaciones de sabios y penitentes, que habían logrado no sólo conocer este profundo saber, sino también vivirlo. ¿Dónde se encontraba el experto que era capaz de retener el atman desde el sueño hasta el despertar, durante la vida, con cada paso, palabra o hecho?"

(Herman Hesse, Siddharta). 


Introducción. Me desperté después de soñar unas cosas que me dejaron pensando que hasta el día de hoy mi comprensión del sueño como fenómeno propio de la mente humana era súper minusválida y simplista. Entonces voy a empezar a contar qué es lo que soñé y en qué  modificó mi perspectiva. Yo hasta el día de hoy creía más o menos que los sueños son como películas sucediendo en tu cabeza; y en este aspecto la posibilidad de intervenirlas era nula porque como una película ya estarían "filmados" o "preprogramados" de principio a fin. Por supuesto, la idea de sueño lúcido aporta evidencia en el sentido contrario. Pero la lucidez en el sueño es particularmente difícil de obtener, y requiere un entrenamiento específico. Como nunca lo había vivido lo consideraba en los términos de una excepción, una rareza. Y, si bien el sueño que hoy tuve no fue estrictamente hablando un sueño lúcido, si me llevó a la consideración de que el contenido de los sueños no está dado de antemano, como una película, sino que lo creamos a través de una proyección de nuestra conciencia, o de nuestra falta de conciencia (lo que equivale a decir, nuestra incapacidad de distinguir lo real de lo ilusorio porque seguimos con la percepción nublada por el velo de las apariencias). Los sueños lúcidos demuestran, en el onironauta, un grado de conciencia entrenado. Pueden manifestar cualquier imagen o sensación que su mente pluguiera en el contexto de un sueño. Pero, aunque no estemos atravesando una experiencia de lucidez en el sueño, nuestra mente determina de igual manera lo que estamos o no soñando, en la medida en que los sueños nos ponen ante decisiones reales, y frente a esas decisiones reaccionamos de forma tal que, como en la vida diurna, nuestros actos tienen consecuencias y producen cambios en las vidas de les demás. Puede parecer absurdo lo que estoy diciendo en la medida en que las personas de los sueños "no son personas reales". El tema es que cuando soñamos no estamos al tanto de eso. Y de personas ficticias cuando estamos inmersos en una ficción también nos enamoramos (o las odiamos). 

Ejemplo: hoy soñé que me atendían en un hospital, que era también un hogar de niñes y el conservatorio en donde aprendí sobre música de los 15 a los 19 años. En el hospital me diagnostican una enfermedad, pero esa parte del sueño es privada y no nos interesa acá. Lo que sigue sí: cuando salgo unos nenes me empiezan a gritar cosas y a tirar piedras por trolo. Esta situación es recurrente en mi vida y yo ya estoy acostumbrada. En el sueño cruzo la calle y cruzo corriendo, aunque viene un bondi y temo que me atropelle en el apuro. Corro y acelero el paso. Pero un pibito en cuestión se cebó conmigo y me sigue tirando piedras y diciéndome cantidad de cosas. Así yo reacciono perdiendo el control. Y me acerco (aunque hace un rato corría de esa situación), le grito cosas incoherentes ("maricón") y le digo cosas demasiado crueles como para decírselas a un menor de edad. En medio del griterio aparecen unos curas de la institución donde alojan al pibe, y con un sello en un papel dicen que lo "excomulgan". Entonces yo me arrepiento, y me quiero hacer la que no lo conozco para no comprometerlo. Acto seguido voy caminando con dos amigues, F. y W. por una calle alejándonos de aquel lugar. F. me explica que ahí el pibe tenía un techo y que así no estaba en la calle. Y yo siento que al final día lo único que hice fue botonearlo. Se me cae una bolita del septum. Me agacho a buscarla pero veo que hay un desagüe en ese lado de la calle y sigo caminando. No quiero hacerles perder tiempo a mis amigues. Seguimos caminando y despierto.


Interpretación: el sueño plantea en un primer lugar a la problemática de la clase social. Que yo experimente cierto tipo de ansiedad por la forma en que salgo vestida a la calle no jerarquiza la visibilidad de mi expresión de género por sobre un contexto colectivo en el que mis privilegios de clase son una condición de posibilidad para las oportunidades que tengo en la vida. El sueño refracta el siguiente pensamiento: "quienes no han tenido como vos las mismas oportunidades podrán sentir resentimiento por la forma en que tu aspecto habla de tu crianza en una familia que te proporcionó comodidades y un bienestar material del q muchas personas carecen". Ojo, la afirmación detrás de este pensamiento no es verdadera ni es falsa; es, sin embargo, una dotación de sentido subjetiva con la que yo cargo a la realidad. Yo no sé si las personas que me ven en la calle piensan o no algo parecido, porque nunca se los pregunté. A esta brecha entre lo imaginario y lo real el psicoanálisis lacaniano la denomina "fantasma". Por otra parte, simplificando a Freud, los sueños son pensamientos distorsionados en forma de recuerdos, imágenes, sensaciones y conexiones de carácter lingüístico (entre muchísimas otras cosas, por supuesto). Los significantes de mi sueño se descomponen en los siguientes significados:

  •  El conservatorio, el hospital y el hogar de niñes: estos tres ámbitos se relacionan con episodios numerosos en los que atravesé por instituciones de salud en busca de la cura de ciertas condiciones corporales que me aquejaron hace un par de años. El hogar de niñes es una figuración del conservatorio, a su vez, porque el edificio en que hoy en día queda el conservatorio Gilardo Gilardi, al que así asistí durante unos años, fue, en sus orígenes, una institución donde alojaban a niñes sin hogar.
  • Una enfermedad: un malestar que me aquejó en su momento se vincula hoy con un nuevo malestar, la lesión de mi rodilla, de la que ya hablé oportunamente.
  • Unos nenes me insultan y me tiran piedras: esto me pasó en distintas y numerosas situaciones, una vez me tiraron baldosas rotas cruzando plaza moreno (el centro de La Plata) estando maquillada y la forma en que salí al paso de esa situación fue sentarme en un puesto de panchos con una persona que me acompañaba, empezar a comer unas papas fritas que alguien había dejado sin comer mientras quienes nos perseguían se acercaban y nos amenazaban; estando yo ebria de brandy me paré, miré a uno a la cara, y diciéndole "¿qué mirás maricón?" le escupí las papas fritas que estaba masticando en la cara (=!?) ante lo que me pegó una piña, me caí arrastrando unas sillas y los dueños del local los echaron (lo sé es cualquier cosa esta anécdota) (por eso más adelante en el sueño el insulto maricón se lo devuelvo al pibe que me está tirando piedras, porque es lo que hice en una situación similar años atrás, devolver al agresor la sin razón del insulto por cuyo motivo me estaba agrediendo, ser "maricón").
  • Cruzo la calle corriendo: esto no logro relacionarlo bien con algo en particular, pero la idea de poder correr expresa una realización de deseo ya que, en este instante, mi capacidad de locomoción está disminuida y caminar me es dificultoso.
  • Cosas demasiado crueles como para decírselas a un menor de edad: lamentablemente, perdí la cuenta de los detalles con respecto a este mensaje. El ejercicio de recordar los sueños implica una atención minuciosa puesta a los detalles en una carrera a contrarreloj contra la amnesia. Priorizar algunos implica la pérdida irrecuperable de otros. No pude llegar a anotar con precisión qué es lo que le dije (pero en parte, qué es lo que le dije, qué es la crueldad detrás de ese mensaje forma parte de lo reprimido, de lo insoportable que el sueño trajo a la luz y cuyo carácter de crueldad implicó de por sí su propia censura a través de la amnesia. No es casual que me lo haya olvidado).
  • Los curas "excomulgan" al pibe con un sello en un papel: estos son restos diurnos de los días precedentes; estuve preparando un final de historia moderna (que desaprobé con un 2) y una de las unidades a estudiar fue la reforma protestante, de ahí que tuviera a mano la idea de "excomulgar"; el sello, en cambio, viene de un chiste que hizo Symone en el Snatch Game de la decimotercera temporada de RPDR.
  • F. me explica que lo que hice no estuvo bien: en el sueño no reaccioné calmadamente a la incitación de mis pensamientos y miedos; por el contrario, me descontrolé y mis acciones tuvieron un resultado que condicionó para peor la vida de una persona de por sí vulnerada por la estructura social. Mi amigo se encarga de explicarme que en el hogar aquel, aunque sea, el pibe tenía un lugar donde dormir y jugar.
  • Se me cae una bolita del septum y la pierdo: finalmente, tengo que remitir a la cuestión de la clase social una vez más, porque la modificación corporal es un indicador a través del cual yo quiero plantear a la sociedad, a través de mi apariencia, una situación de rechazo y de negatividad con respecto a los valores normativos de la cultura en que yo fui educada. Sin embargo, esa modificación corporal comporta una seña estética, que por más aritos o tatuajes que yo me haga, no cambian la realidad material ni ocultan realmente los privilegios que soportan mi facilidad para rondar hacia mis metas dentro del contexto colectivo en que vivimos. La caída del arito es un simbolismo que refiere a la hipocresía, de la misma forma en que podría caerse la careta que configura a la persona (es decir, al personaje que interpretamos en este juego de roles que se llama sociedad). 
  • Me detengo a buscarlo pero elijo no hacerle perder tiempo a mis amigues: buscar el arito pequeño en el asfalto me hubiera detenido durante más de un minuto en una actividad probablemente infructuosa. El tiempo es la limitación material que bloquea al animal humano en la consecución de su alegría, por el hecho paradojal de que es el único animal que tiene conciencia de su propia temporalidad; en las sociedades modernas, industriales y capitalistas, donde los medios comunes de subsistencia ya han sido privatizados, comporta el único capital de quienes nos conformamos como clases trabajadores y debemos depender de la venta de nuestro tiempo y energía a cambio de un salario para sobrevivir; el tiempo es, en definitiva, la preocupación existencial más acuciante, la causa de cualquier angustia, y además, la certeza de nuestro deterioro físico. El contenido de la última acción que decidí en este sueño supone la siguiente afirmación: no desperdiciarlo en una actividad vana.
Conclusiones. Buscar el arito al lado del desagüe era una actividad vana porque lo más probable era que se hubiera caído ahí dentro. Pero, si a esto superponemos el contenido simbólico que fui hilando previamente, desperdiciar el tiempo de mi vida en esa actividad vana connota un aprendizaje mucho más elevado y que fue el fruto de la experiencia acumulada en todo mi sufrimiento de haber devenido en persona adulta. No sirve, me digo a mí misma a través de los pensamientos manifiestos de la producción onírica (pensamientos que, como mencioné más arriba, han sido desplazados en imágenes, recuerdos, restos diurnos de los últimos días y encadenamientos de significantes lingüísticos) intentar cambiar mi posicionamiento en la estructura social a través de cambios superfluos, estéticos; no sirve, en definitiva, pretender ser lo que nunca voy a llegar a ser y engañarme a mí misma al intentar engañar a les demás. Dejar de ser auténtica es la marca de una vergüenza con respecto a mis orígenes, y en esa vergüenza hay tanto carencia de amor propio como miedo de ahondar en la definición que concierne a la originalidad de mi camino, aquello que solamente yo estoy llamada a realizar en este entorno social e históricamente definido y que, de no asumirlo como propio, me va a conducir a la locura de habitar a través de la mentira. Las demás personas, creo, pueden ver esa inseguridad: pueden ver esa falta. Y en esa delación que yo perpetro contra las propias tendencias de mi personalidad hay un riesgo que es el más grande de todos: escurrírseme el tiempo de mi vida entre los dedos de las manos, dejarme morir sin llegar a ser yo misma realmente.

Los sueños no son irracionales y en ellos no ocurren actos involuntarios. Partiendo de estas consideraciones, puedo ya retomar lo que dije en los primeros párrafos de esta reflexión. Porque yo creía hasta hoy que en un sueño une no elegía (en el 90% de los casos, es decir, exceptuando aquellos momentos de lucidez y sueños extremadamente vívidos, etcétera) como su, por así llamarla, persona onírica (que, como el sujeto lírico de la poesía, se superpone al autor del poema pero bajo ningún término es su equivalente) se desenvuelve en el contexto de los pensamientos que, cuando soñamos, son actos de la conciencia materializando una realidad. Pero, ¿los sueños son una realidad? ¿no se supone, (dirán quienes se aproximen a esta materia guiades por la linealidad del pensamiento lógico) que son un campo de la ficción y del absurdo? Sí lo son. Pero yo parto de un punto de vista según el cual una realidad ficticia es tan, o incluso, más real que la realidad propia que vivimos día a día, también, de la misma forma y con la misma aquiescencia supina: sin interrogarnos qué es lo que es. Si los sueños existen, eso significa, mal que nos pese, que la realidad diurna también podría ser un sueño. Un sueño enorme y tremendo del que nos despertamos al morir. Y del que entonces sólo recordamos los últimos cinco segundos. A esto ustedes podrán oponer un argumento: si la vida real fuera un sueño, entonces estaría cargada de lagunas de absurdo y sinsentidos falaces; los peces volarían y los gatos nadarían; los toros darían leche y las vacas ordeñarían al humano; las plantas crecerían sobre cemento y el cemento sería comestible, y largo etcétera de situaciones que son afines a los deslices del sentido común y de la linealidad de la lógica presente en todos y en cada uno de los sueños, en donde, como en la mitología de los pueblos de cultura oral, a (por ejemplo, una divinidad) puede ser tanto b (la luna) como c (otra divinidad, o un árbol, o un semidiós) sin contradicción. Sí, eso es cierto, y sin embargo: ¿cómo puede ser que cuando soñamos estas contradicciones lógicas, estas lagunas del absurdo y deslices de la racionalidad ocurran y nosotres, sin caer en cuenta de ello, salvo en situaciones extremas en que tomamos conciencia de todo eso (y muchas veces cuando eso ocurre despertamos de inmediato), no lo percibimos como algo extraño? De la misma manera, yo les digo que podemos estar soñando un enorme y tremendo sueño en el que nada tiene sentido, y de eso nos vamos a dar cuenta cinco segundos antes de morir. Ustedes podrán decir: sí, pero eso es una suposición fantasiosa, y no coincide con la realidad que experimentamos con los sentidos y que ordenamos a través de la dirección de nuestra mente. Y a esto yo sólo podría preguntarles: ¿por qué están tan segures? 

La problemática sobre qué es lo que son los sueños no es posible de ser analizada cabalmente por los medios de la ciencia; un sueño es un pequeño fragmento del gran misterio: el nacimiento y la muerte, el origen de la experiencia y el trasfondo sobre el que figura el limite primordial e infranqueable de la razón; el sueño es un fragmento pequeño que a la vez es un gran abismo hacia el interior de la conciencia del animal humano. Admitamos, como punto de partida, que hoy más que nunca, aun con los medios aportados por la neurociencia, y precisamente por lo mucho que ellos adelantan las posibilidades de un conocimiento objetivo al respecto de la producción onírica, tenemos que asumir como punto de partida que nada sabemos realmente acerca de los sueños, y que la ignorancia acerca de ellos es ignorancia acerca de nosotres mismes. Escuchar el dictado de la inconciencia puede ser doloroso: por eso, si el sueño y sus revelaciones apolilladas de saberes liminales son aliviadas por la amnesia automática al despertar (hay quienes ya ni siquiera recuerdan sus propios sueños y cuando se duermen ven su conciencia consumida por una pantalla negra: eso les proporciona alivio, y mientras más crece una persona más difícil le es recordar sus sueños, de la misma manera en que el alcoholismo dificulta esta tarea) de la misma manera oponemos una resistencia automática facilitando este proceso y dejando que el contenido onírico manifiesto se diluya. Recordar los sueños supone, como la gimnasia corporal, un ejercicio que a priori es poco placentero. ¿Quién quiere prender el velador a las cinco de la mañana y ponerse a escribir en un cuaderno con los ojos vencidos y la posibilidad de quedar insomnes en el proceso? Y, cuando despertamos definitivamente, ¿quién no prefiere salir de la cama e ir a comer algo dulce y a mear - eso cuando no se queda une girando envuelto en el confort de unas sábanas de las que, irremediablemente, el trajín del día va a forzar nuestro abandono  - antes que, con lagañas y el cuerpo entumecido, ponerse a redactar un largo argumento repleto de lapsus y meras idioteces con el solo fin de intentar preservar en la memoria un campo de la experiencia que, por el mero hecho de vivir como vivimos y en el siglo XXI, subestimamos? No obstante, la única forma que tenemos para alcanzar ese conocimiento y profundizar nuestro acceso a ese campo difuso de experiencia, es la escritura, la narración del sueño, y, en específico, de sus más intrincados detalles. El detalle es el artilugio del brujo, y quien presta atención a los detalles, como dice el dicho, realiza sutil magia. Por otra parte, ¿no es el sueño la manifestación de todo lo más subjetivo que la construcción de sentido de una persona alcanza? ¿no es el ámbito más privado, más confesional e íntimo? Poner sueños al descubierto de quien quiera leerlos supone, como yo hago acá, un sincero acto por medio del cual se desnuda a la inconsciencia y sus tendencias más oscuras. La fuerza oscura y reprimida que late por debajo de la vida diurna se expresa a sus anchas cuando la mente, en un plano que desconoce tanto el espacio como la temporalidad (de ahí la fusión de cronologías y la mezcla confusa de dos o más personas en un mismo cuerpo que la vida onírica ofrece) se entrega a su propia interioridad, al ejercicio solipsista de transformar el mundo filtrado por su producción de sentido en una nueva realidad más profunda y, como yo digo, más real que lo real, en tanto y en cuento es la realidad intermediada a través nuestra propia visión y percepción subjetiva de la realidad. La ficción resultante, que no iguala al mundo, ofrece, empero, un espejo invertido de sus valores, de su contenido y dimensión. La ficción del sueño es tan real como la vida misma y, como decía en el párrafo anterior: nada nos dice que la realidad que creemos real no sea otra capa de ilusión y fantasía, de la que estamos destinados a despertar ni bien la muerte nos despierte. 

Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista,
mientras la humanidad siempre avanzando
no sepa a dó camina,
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!
(Bécquer).


Los sueños no son irracionales y las acciones que en ellos cometemos no son involuntarias. Si concedemos validez a esta afirmación, vamos a comprender que como nos manejamos en la vida, así nos va en los sueños. Las cosas que hacemos son un reflejo de nuestro temor y de nuestro grado de conciencia. Yo tuve la oportunidad, hace unas horas, de no ser una persona con prejuicios clasistas; sin embargo, en el desliz de un olvido y de una furia inconducentes, me arroje sobre una víctima con aires de superioridad moral, insultándola con un insulto que es el que yo creo que ella me dirige ("maricón") cuando el verdadero objeto de su agresión no es mi expresión de género y ni siquiera mi persona y mi individualidad en específico. La dificultad de afrontar un encierro involuntario debería ponerme del lado de la persona que lo padece, y no en su contra, por más que desde mi ansiedad por ser agredida en la calle yo distorsione el origen del conflicto; y es que, como cantaba Sara Hebe, el conflicto es un reflejo del concepto de clase. De haberme pasado "despierta" yo jamás me hubiera ensañado contra un niño que padece un encierro involuntario, por más que me trate de puto. Pero esta vez me pasó durmiendo y en el laberinto de mis sueños (que, recordémoslo, es una proyección de mi mente materializándose en imágenes y sensaciones al crear una realidad ficticia a partir del reflejo subjetivo con que yo valoro y atravieso la existencia) y entonces, por no tener ahí control sobre mis actos, y creer que estos son carentes de repercusión, al actuar de forma inconsciente en menos de un segundo fui y me encargué de ofrecer, a la luz de mi conciencia (la cual nada quería saber de esos sentimientos reprimidos), mi velado odio de clase, aquel odio que yo a través de gestos estéticos y de compromiso aparente digo rechazar pero que, de forma controladora y obsesiva me encargo de suprimir de mi actividad psíquica, de forma tal que el retorno de lo reprimido genera esta nueva realidad en la que yo me encargo de denunciar a un pibe sin hogar y le digo cosas tan inopinables que ni siquiera las recuerdo (la atención a los detalles es un acto de magia y hechicería) para que, en el medio de toda esta secuencia, vengan unas autoridades a darle una excomunión, razón por la cual de forma involuntaria (mediada por un acto de inconsciencia, por no haber podido dirigir adecuadamente lo que pasa en mis pensamientos y la forma en que estos materializan una realidad ficticia en la que soy puesta a prueba) pondría su destino en una situación aun más precaria de aquella en la que ya estaba, y me voy estúpidamente sintiendo una culpa; culpa que, en charla posterior con un amigo, objetivo por medio del sueño en los términos de un aprendizaje lo que desde un primer momento fue un error y un exceso de soberbia: odio de clase, dije más arriba, y esa hipocresía genera condiciones de extrema peligrosidad en mi constitución como persona, en la medida en que yo soy manipulada por ideologías que digo rechazar, pero que en el fondo de mi subjetividad (tal como el sueño lo dejó expreso) me operan y me contradicen, me llenan de alergia y de veneno; tomar noción de esas contradicciones es, no obstante, tomar control de lo que yo expreso como producción de sentido, y solo a través de asumir esa conciencia (que el sueño me deja como experiencia en un diálogo en el que mi amigo me deja en claro qué es lo que paso, y por qué lo que hice fue una reverenda basura y un acto de mierda) puedo identificar precisamente que ese odio de clase que yo manifesté veladamente es, sin embargo, una distorsión ideológica de la que me desprendo para reforzar mi convicción en un análisis sopesado y estricto de las relaciones de clase en una sociedad capitalista: todes quienes dependemos de trabajar para vivir somos pobres, que existan "pobres más pobres" y "pobres no tan pobres", que existan "pobres buenos que trabajan" y "pobres malos que son encarcelados o llevados al loquero" (o cuyas infancias pasan "desvelados en un tribunal de menores", que es también el comienzo de un estigma que con la inevitable desgracia de atravesarlo la moral tóxica de la sociedad burguesa refuerza y acrecienta día a día y con el paso de los años) es, precisamente una condición para que las clases dominantes, que se constituyen por una minoría demográfica que concentra los recursos derivados de la producción económica y orientan su perfil a un esquema de ganancias y reinversión de esas ganancias para seguir acumulando a través de la privatización de bienes y servicios distribuidos bajo la norma del consumo, puedan seguir ejerciendo y reforzando su dominación. El odio de clases, el pobre que odia al pobre, es una condición casi diría que estructural para que el capitalismo consumista perviva. Y mi mente, tal como materializa pensamientos en imágenes y me pone a prueba al recrear las condiciones objetivas de mi realidad a través del filtro subjetivo con que me atraviesa y la siento, me demuestra que yo soy parte del problema. Y no solo soy parte del problema sino que, en gimnasias mentales de postureo estético (el septum se me cae como se cae una careta, recuerden) y de argumentación moralista, digo que no lo soy, y, como en estas líneas, denuncio y critico la estructura productiva de la sociedad y sus fundamentos ideológicos y económicos; pero, acto seguido, sigo siendo una mónada consumista y solipsista, sigo siendo un mono agenciado por la modernidad capitalista, un sujeto colonial blanqueado de un país genocida criollo en sudamérica. Y la condena del mundo moderno pesa sobre mi vida y me hiere en lo más fundamental, como si tu sombra te acuchillara, como si existir es ser cómplice de un delito que se denuncia pero que aun si necesitás que se reproduzca para obtener tu bienestar a costa de sus víctimas, que ya ni siquiera hace falta repetir quienes son, porque todes lo sabemos y muy pocas personas se organizan para oponerle resistencia o hacer siquiera algo efectivo. Yo dije, en repetidas ocasiones en este blog, que pasé a descreer de los intentos individuales y colectivos de organización para la transformación social: ¿pero qué clase de miseria humana se esconde detrás de esa renuncia? Me interrogo acerca de estos defectos, que son mis defectos, que tal vez son tus defectos, que son el miedo que nos recorre a todes, y en un espacio abierto a la lectura de ojos públicos (¿llegaste acá a través de una cuenta de twitter, acaso?) para que, en el planteamiento de un problema, el problema se expanda, y su urgencia se haga oír. Pero eso no es suficiente, y mientras el miedo aumenta yo debo pensar qué carajo voy a hacer para sobrevivir a costa de un salario, a qué me voy a dedicar, qué valor de cambio podría producir para no ser un parásito de la sociedad. Y hallo pocas salidas, hallo pocas alternativas, hallo una posibilidad (¿pero cómo hago para ir hacia esa lado?¿cómo me convierto en el proyecto de ser humano que idealizo en mi imaginación y que siempre postergo a futuro?) pero...

Hasta acá por hoy...


 

miércoles, 3 de marzo de 2021

O̡̢̡J͕̫̼A̫̼̪l͉̞Á͎̟̺ v̢͖̦i͎̺͚v̢̻̝a̻͉̦s͙̫͙ T͕̘̙I̝̙̪E͓̦͜M̫̫̪P̝̦̟O̠͇͓S͓̻ I͎̠͚N̡̠͕T͉͎̪E̙̟͕R͕̪̘E̢͉͇S̞̺͜A̝͚͖N͚̫͙T̪̙̦E̡͕̞Ș͔̫

 

3 de marzo de 2021.

Me van a operar la rodilla. O eso estamos decidiendo. Si es buena idea operar. O si es mejor dejar que se reabsorban por sí mismos esos dos centímetros de hueso fisurado que están flotando en algún oscuro hueco intercondrial, en la bolsita de edema en que mi rodilla se convirtió desde que se me dislocara, me resbalara y me la golpeara el primero de febrero: ¡y qué mes tan molesto el que acabo de atravesar, cargando el peso de mi cuerpo sobre la pierna izquierda, la de la rodilla sana, y con la cintura y el cuello asimilando las cargas crecientes de una tensión que no obedece únicamente al cuerpo decaído sino también al nerviosismo emocional de no saber con certeza cuándo voy a poder volver a bailar!




¿Una operación de rodilla? Debería estar más agradecida de haber nacido en el momento histórico en que nací. Hoy en día esos procedimientos son – para quien tiene el privilegio dentro de la estructura social capitalista de acceder a ellos y a los estudios que los preceden con relativa rapidez y facilidad – repertorio básico para cualquier profesional que atravesó años de formación de calidad en una facultad de medicina. La técnica moderna, en vez de alienarme en esta ocasión, juega a mi favor. Y yo, que soy una aplicada estudiante de historia y de a ratos fantaseo con la dicha y la calma que (según me imagino en base a lo que leo y aprendo en los libros) tendría de haber nacido en tiempos preindustriales, debo admitir que, en lo concerniente a lesiones de rodilla, no tengo ningún tipo de queja: estoy contenta de estar acá, atravesando los claroscuros de mi siglo veintiuno. La única realidad que me tocó en suerte, la única que, con el cuerpo perecedero y sujeto a los más inmundos dolores, me fue dado experimentar. ¡Denme la oportunidad de seguir usando mi rodilla como si nada de esto hubiera pasado! Pero esto es fantaseo también: después de la operación, seguirán los meses de reposo y de rehabilitación. Pero soy joven: mi cuerpo está cumpliendo sus funciones vitales. Mi cuerpo está en la búsqueda de su regeneración. Y no me resulta paradójico siquiera pensar que de todo esto voy a salir fortalecida.

¡Mi mamá me caga a pedos por llorar desconsoladamente! Un desconocido quiso aliviar mis penas, cuando me oyó llorar en la calle. ¡Y sí, grité mientras lloraba, grité como se debe llorar realmente: con gemidos de dolor, pensando que no hay futuro, que no hay alternativas, que me quedé discapacitada para siempre, que nunca más voy a bailar! (Sí: porque nada me da más miedo, ahora que conocí el placer de bailar sin parar toda una noche, ahora que conocí lo mucho que me gusta gozar de mi cuerpo en movimiento, no poder nunca más volver a hacerlo, sintiendo la pena de haber sabido del goce y dándome el destino el más cruel de sus giros al impedírmelo en un perverso cambio de guión existencial). Sin lugar a dudas, lloré tanto por una nadería. Tan solo me van a operar. A mi mamá, hace doce años ya, le hicieron un tratamiento de quimioterapia, y la operaron también en el marco de ese tratamiento. Y sigue viva, y nunca más tuvo tumores, y si bien quedan las marcas de aquellos sufrimientos su vida prosigue, y es plena, y recompuso sus fuerzas después de semejante esfuerzo por sobreponerse a la enfermedad. ¡Yo, con veintitrés años, llorar por una estúpida lesión de rodilla! Sin embargo, ¿cómo negarlo? Hay, como escribiera Montaigne citando a Ovidio, cierta voluptuosidad en llorar. Me gusta llorar. Encuentro una solución a la falta de soluciones inmediatas al hacerlo: ¿qué más me queda hacer? ¿Por qué me lo voy a impedir? Soy una exagerada sí. Pero cuando me siento mal necesito largar las penas con un golpe de dramatismo plañidero. No quiero negar lo que me pasa. Voy a largar esos llantos gritones de dolor acumulado, por pensar que no voy a estar bien, y voy a pensar cosas cada vez más horribles, así sigo llorando y cada vez lloro más potente. Entonces me doy cuenta de que todo son ilusiones. “Vos tenés que estar bien”, me decía aquel desconocido que intentaba consolarme, “si te van a operar es por tu bien”. Y: “tenés que tener fe” (y yo pensando: “sí, seguro que después de este llanto voy a estar bien; tan sólo que este es mi momento de estar mal, ¡déjenme disfrutar mi cápsula momentánea de sentimientos horridos! ¡déjenme regodearme en la tristeza y en este llanto desgarrador que forma parte de mi estrategia para sobrellevar esta tragedia ósea, porque por más pequeña que sea no deja de resultarme una tragedia! ¡déjenme eyacular todas las lágrimas en este apoteósico desierto depresivo, y ya después no voy a tener que lidiar con ellas! Cuando quiera estar bien voy a olvidarme de todo esto y a reconocer, calmadamente, que todo va a salir bien, que nada de esto es tan grave como para ponerme a sufrir todos los días, que las perspectivas a futuro de esta lastimadura son más favorables de lo que mi asustada mente se imagina, etcétera).

Ahora tengo todo ordenado como para seguir con mi vida y con mis asuntos hasta el día en que me tajeen con un bisturí la rodilla. Mi movilidad es reducida, pero mi espíritu (hoy elijo creer en los espíritus y en todas esas interioridades invisibles que, por más inexistentes que sean me divierte analizar) está inquieto. ¡Tengo hambre de conocimiento, como nunca antes lo tuve! Y, como estoy preparando un final, final de historia moderna, lo siglos transicionales del sistema productivo feudal a la moderna economía capitalista, es decir, los orígenes de la industrialización y del trabajo asalariado que son el cimento sobre el que se asientan las sociedades en que aparecimos, los humanos de mi generación, mis coetáneos, al aquí y al ahora, mi apetito esta satisfecho en dosis diaria de bibliografía esclarecedora. ¡Nuestro enrarecido presente histórico del siglo XXI! Estudiar sus raíces me mantiene esperanzada: me permite intuir, en las ranura del instante actual, las transformaciones subrepticias que van a dar lugar a nuevos modelos de producción y de intercambio que, como sucedió con la transición del feudalismo al capitalismo, son imposibles de ser percibidas por quienes las están atravesando. Principalmente porque esas transformaciones se despliegan en una duración, por decirlo a la manera braudeliana, de largo aliento. ¡Que durante los siglos XI al XVIII se dieran las condiciones específicas para la transformación sistémica de la gran estructura humana es tan misterioso y, a la vez, tan necesario y preciso; tan casual y, a la vez, tan anclado en causalidades que la mente, esa entidad abstracta capaz de viajar en el tiempo, puede descifrar y esquematizar ordenadamente! (Por supuesto, siempre se corre el riesgo de construir castillos de cartas a partir de interpretaciones salvajes de datos erróneos que las sucesivas investigaciones probablemente contraríen, derribando con la dura realidad empírica aquellos castillos ilusorios de teorías abstractas, pero así es como se construye el conocimiento científico). Pienso, sí, que en este extraño momento también se están dando condiciones para que, dentro de un par de siglos, se estudien las razones que inclinan el movimiento de nuestras sociedades a modelos económicos que, para nosotres, contemporáneos de esos cambios silenciosos e invisibles, sin inimaginables. Eso, por supuesto, si no nos destruimos previamente, en el plazo de las siguientes décadas; es decir, si hacemos algo por impedir la catástrofe ecológica que ya comenzó a involucrarnos en una toma de conciencia sobre los efectos adversos del llamado progreso y de la modernización capitalista, sí, esos mismos factores que me van a facilitar la operación de mi rodilla. (Hay quienes afirman que si tomamos conciencia de este desatino ecológico al que la dinámica del flujo global de capitales nos conduce es, desgraciadamente para el proyecto civilizatorio humano, cuando sus daños ya son irreversibles y la destrucción ya está asegurada. Yo solía pensar esto. Pero me di cuenta de que nada nos obliga a pensar que las cosas tengan sí o sí que ser así. Y si los cambios ya son irreversibles es cuestión de domesticar esos cambios y, si la humanidad realmente quiere sobrevivir, ejecutar el control de daños que sea necesario y exprimir al máximo sus potencia de transformación por vías de la técnica y demostrando que, a pesar de todo, el ser humano es el animal que se caracteriza por su inteligencia desmedida, aunque las más de las veces la utilice para asesinar despiadadamente y desolar cuanto paisaje hallen sus pies).




Me encuentro, en el segundo tomo de El moderno sistema mundo, de Wallerstein, en donde se describe la estabilización y organización de la economía mundo capitalista durante el período, tradicionalmente descrito como una crisis (pero que para este autor no lo es en absoluto), de 1600 a 1750, con la siguiente definición, que me resulta esclarecedora en este contexto de total confusión que nos tocó, como siempre digo, “la suerte y la desgracia” de vivir:

“Las crisis describirían, pues, esos raros momentos históricos en que los mecanismo de compensación habituales dentro de un sistema social resultan tan ineficaces desde el punto de vista de tantos y tan importantes actores sociales que empieza a producirse una importante reestructuración de la economía (y no una mera redistribución de las ventajas dentro del sistema), a cual es considerada retrospectivamente como inevitable. Por supuesto, una determinada crisis no es verdaderamente inevitable, pero la alternativa es un hundimiento del viejo sistema de tal envergadura que muchos (¿la mayoría?) de los actores sociales considerar que éste es mása traumático o desagradable que la revolución estructura que se produce entonces...” (pp. 11 y 12).

 

martes, 2 de marzo de 2021

Sobre la escritura y su rol en mi vida.

 

2 de marzo de 2021. 

A veces siento que tengo que volver a escribir más en papel, mucho más.

¿Pero por qué siento esa presión? Digo, además, ¿cuándo escribía más que ahora? Sí: cuando era más joven, y la escritura era el auxiliar privilegiado de estoque denomino el caos de mis sentimientos. ¿Qué me pasaba en aquellos años? ¿Por qué dependía de expresar como me sentía en cuadernos? Lo primero que debo admitir es que me sentía mal, miserable (pero hasta el año pasado, si bien me asumía como puto, no me pensaba, como ahora, en femenino) y, por un largo período, con ganas de matarme…

¿No será que dejé de repasar tanto mis ideas y sentimientos en la escritura manuscrita porque ya no me siento tan mal? Si bien mi estado de ánimo – como es propio de cualquier ser humano que reconoce que no se puede vivir ni muy arriba ni muy abajo todo el tiempo – fluctúa, sí es cierto que, con el paso de los meses y, habiendo alcanzado la entrecrucijada fundamental en que me hice cargo de mi genuinidad existencial, mi conciencia de ser única y de que, sin dejarme acomplejar por mis limitaciones (las cuales son múltiples y en ocasiones, aterradoras), debo reconocer con fidelidad a la persona que sé que soy realmente, enorgulleciéndome de mi fortaleza y de mi lucha por perseverar ante la depresión y las condiciones materiales de mis circunstancias de vida (he dicho, en más de una ocasión, que por fortuna ellas me son favorables); sí es cierto, pues, como decía, que habiendo alcanzado este punto de “self-awareness”, de autorreconocimiento y conciencia sobre mí misma, ya no me siento tan mal como, por ejemplo, a los diecinueve años.




 En la medida en que fui creciendo, descubrí formas diferentes de expresar mi malestar. La escritura apareció, en un momento muy específico de este proceso, –  momento marcado por la más cruel de mis confusiones amorosas, aquella que más me arrastró a la locura de prometer sin poder cumplir y por la cual, en el espejo de mis miedos, prejuicios y contradicciones, proyecté mi dolor sobre la imagen de otra persona, a quien herí y violenté – como una estrategia vil destinada al camuflaje, como una postura hipócrita de quien se miente deliberadamente pero, como lo deja plasmado todo en bellos discursos ordenados bajo una gramática perfecta y un fino vocabulario de estudiante de grado – oh mi neurosis – se cree que esa mentira es real y valedera, que sus palabras puestas por escrito pesan más que su realidad vivida y construida fehacientemente con acciones y comportamientos cotidianos.

Sin embargo, atravesé esa etapa – de la que incluso tengo registros que, cuando a ellos me remito, me demuestran lo mucho que me equivocaba al escribir aquello de que mi escritura había sido no más que una mentira, una mentira por la cual me había bloqueado de la experiencia de forjar mi propio destino acorde a la consecución de mis fantasías y deseos, mentira por medio de la letra y la palabra que me había alejado de la posibilidad de vivir realmente por fuera de las ficciones y que, incluso, me habría alejado del sexo, lo que demuestra también de que manera supe caer en los dispositivos de incitación y proliferación de los discursos sobre el mismo que Foucault describiera y que conforman, según plantea Preciado, un pilar del diseño y control de las subjetividades y de los cuerpos propiciados por la modernidad capitalista – y, viendo que, una y otra vez recurro a este medio, que es la escritura (pero ahora pasé de escribir en un cuaderno a escribir esto directamente en la pc, principalmente porque me ahorra tiempo en dos sentidos: primero, porque escribo con mayor velocidad y lucidez y, segundo, porque no necesito pasar por la prueba de criptografía que requiere la relectura y transcripción de mi letra manuscrita al digitalizar lo que sea que haya escrito sobre papel) me permito afirmar la continuidad de un hábito que sin lugar a dudas me es saludable y beneficioso: escribir, y mucho más que como un método de exorcizar los demonios y fantasmas que me torturan en la visión de mis limitaciones y de la crueldad que, como descubriera Mikasa al tener que asesinar, siendo aun una niña, a uno de los hombres que la secuestrara para así poder recuperar su libertad, rige al mundo. Escribir como una herramienta que no niega ni oculta la forja de mi vida, sino que, bien por el contrario, supone una modalidad preferencial de hallar mis horizontes y de aproximarme hacia ellos, una toma de palabra que es una toma de conciencia y que, al develar lo que todavía no podía ser pensado, al ponerle nombre al miedo e iluminarlo, conlleva un potencial enorme de transformación. La escritura como una herramienta, así, de cambio, y no puesta al servicio de la mentira, sino de la verdad, verdad que es dolorosa pero que permite crear y recrear la existencia, dando lugar a mundos nuevos ahí donde yo misma creí que no había nada más que un erial reseco y corrompido. Mi propio ser se inclina por este tipo de exploraciones: ¿cómo no respetar la actividad hacia la que tiendo tanto en momentos de angustia como de alegría? ¿cómo no brindarle homenaje a un arte que es pensamiento en despliegue y la condición de posibilidad para acceder a capas cada vez más profundas de introspección y sabiduría sobre mí misma? En las posibilidades y los límites de mi escritura hallé nuevas fronteras de la distancia que mi voluntad es capaz de alcanzar.

lunes, 8 de febrero de 2021

Caldo en la rodilla

 

6 / 8 de febrero de 2021.

Miraba, sentada en la cama y desde la ventana del cuarto, un jardín iluminado por la luz meridiana. Era tan dulce esa visión: la menta, arrimando febrero, comenzaba a florecer sus pompones violáceos frecuentados por avispas; una flor roja había llegado, quién sabe cuándo, a florecer al lado de la pileta, junto a los helechos; pájaros y chicharras chilliban y la atmósfera veraniega era tan suave que se podía respirar el aroma característico de aquel barrio periurbano de la ciudad de La Plata, Gonnet, un aroma que era todavía una reminiscencia del descampado que existía a no más de seis cuadras de donde vivía, descampado enorme que separaba la urbanización de la autopista La Plata-Buenos Aires, un aroma a fresnos, a cardos, a jazmines, palmeras, pinos, a multitud de plantas combinadas y, por sí mismo, anestesiante, capaz de embriagarla, a ella que había crecido ahí, en esa casa de dos pisos con jardín y una pileta al fondo, de nostalgia.



¿Por qué había vuelto a acostarse en aquella cama del cuarto de la planta baja de aquella casa enorme, ahora habitada únicamente por su padre, por qué había tenido que recurrir a dormir en ese lugar que la maravillaba de recuerdos pero que, a la vez, la destruía por recuperar en ella las raíces de una vida abundante pero solitaria, una vida en que la educaron sin brindarle las herramientas precisas para enunciar y hacerse cargo de sus deseos? ¡Una vida sin extremos! Una vida de libros, una vida de televisión y videojuegos. Ahí había crecido. ¡Dura prueba tener que volver a pisar esas estancias, ver, bajo la luz que entraba por la ventana, la danza de los ácaros entre las telas de araña y sentir, al mediodía, ese aroma a barrio de jardines amplios y caserones arruinados, de clima húmedo y templado, enfáticamente bonaerense, palmeras y pinos entremezclados al costado de unas vías del tren!

Eran razones de fuerza mayor las que la retenían ante la vista de ese jardín que fuera el de su infancia. Se había lastimado, quizás no de gravedad pero sí muy dolorosamente, la rodilla de su pierna derecha. En menos de un minuto afrontó la fragilidad de los cuerpos en la expresión que más la preocupaba: discapacitarse y perder la autonomía de sus funciones vitales. El primero de febrero a las dos de la madrugada se había resbalado con aceite y se le había torcido la rótula –le pasaba seguido desde pequeña (el médico le había dicho que no tenía masa muscular en el cuádriceps y que su rodilla era hiperlaxa), y siempre le generaba un gran dolor pero después la rodilla se ajustaba en su lugar. Esta vez, en cambio, al resbalarse se la golpeó re duro contra el piso y desde entonces sólo conoció el sufrimiento. Pensaba, por instantes, que era una exagerada: ¿acaso no había mutilades de guerra que perdían, por culpa de la explosión de una mina, una de sus extremidades? Luego, en la guardia del hospital Rossi, lloriqueó cuando el médico quiso tocarle la rodilla, pidiéndole que haga la prueba de levantar la pierna para examinar si los tendones no se habían cortado. ¡Lloriqueó por una luxación o esguince en la rodilla, habiendo quienes experimentaban el dolor de ver sus huesos triturados o sus cuerpos atravesados por vidrios y escombros! Pero, por eso mismo, el dolor que sintió aquella noche del primero de febrero la retrotrajo a un mundo primario y desguarnecido, un mundo de tormentos inextinguibles, un mundo en el que ella acaso terminaba sus días siendo una discapacitada, incapaz de moverse por cuenta propia. Ahora, escribiendo estas páginas, se daba cuenta del grado de su exageración. Pero no por eso su dolor había sido menos real. Se había puesto hielo en la rodilla e intentó ignorarlo por unos cuantos minutos. Entonces sintió la necesidad de ir al baño. Y, torpemente arrastrando la pierna, intentando moverla lo menos posible, impulsándose con sus brazos en las mesas, sillas y paredes, llegó al baño  y descubrió que sentarse a mear iba a ser imposible porque ni siquiera podía flexionar la rodilla. Y lo que sentía al intentar hacerlo se sentía mal, espantoso, innominable. Como si hubiera granitos de hueso dispersos flotando en un caldo de sangre: así sentía su rodilla. Le bajó la presión y experimentó que la muerte era próxima y que todos los cuerpos eran vulnerables, vulnerables en un grado extremo, visualizó los esqueletos debajo de la piel y vio que los esqueletos eran poco más que cristal, imaginó que cualquier cantidad de traumatismos absurdos podían sucederles en cualquier momento y en cualquier lugar, a cualquier hora y (como le había sucedido a ella) en menos de un segundo, sintió miedo al pensar: “nunca más voy a poder salir a trabajar a la calle”. ¿Y si eso que entonces le había pasado le pasaba de noche, en medio de la calle, sin nadie a su alrededor? ¿Y si no estaba su amiga con ella para acompañarla al otro día a la guardia? Casi tuvo un ataque de pánico en el baño, pero supo controlarse. Luego se arrastró al sillón de vuelta e, intentando alcanzar un vaso de agua que estaba sobre la mesa, lo volcó y derramó su contenido entero sobre la notebook. ¡Una notebook salía más de cincuenta mil pesos! Por un instante se preocupó más por la condición de posibilidad de su conexión a internet – esa adicción que consumía la totalidad de su vida – que por su lesión.

Se quedó en la cama. Apenas pudo dormir aquella noche. Tanto dolor sentía. Por la mañana (en ningún momento había dejado de llover) se enganchó con un libro de Gioconda Belli en el que narra memorias de su vida, en especial, su activismo clandestino para el FSLN. Se emocionó con casi cada una de las páginas de aquel libro, llorando, dejando brotar una mezcla de estrés y de sensibilidad acumulada a partir del miedo y la sensación de muerte que la inundaran desde el momento en que casi se partió al medio la rodilla. En ningún momento había dejado de dolerle, aun sin moverla en lo más mínimo. Pero se trataba más bien de un dolor en potencia: hacer un mal movimiento, flexionar siquiera los tendones y, entonces, volver a sufrir, sufrir como nunca había sufrido hasta ese momento. Cada movimiento debía ser calculado. Salir de la cama le demandaba minutos. Ir al baño significaba la posibilidad de un nuevo golpe: ¡y entonces sí que perdería la razón!



Su amiga se despertó unas horas después y le alcanzó un plato con polenta y salsa. La comida la reconfortó y le resultó sabrosa a pesar de ser lo mismo que había cenado hacía unas horas. Comió lentamente postergando el momento de bajar las escaleras y de ir al hospital. En un vano esfuerzo de ponerle humor a la situación, se sacó tres fotos usando una visera y con la capucha puesta poniendo, arriba de la visera, un tigrecito de peluche. Salieron al pasillo y estuvieron como diez minutos pensando en la manera adecuada de bajar escalón por escalón. Pensaron ir a buscar un almohadón y usarlo como un trineo. Hubiera sido un desastre. Se acostó en el pasillo pensando que sería mejor bajar sentada. Fue peor: después no sabía cómo levantarse. Finalmente lo logró. Con miedo tanteó cada escalón. Arrastrando la pierna con la rodilla manca, sintiendo punzadas, un rompecabezas de huesos diminutos fracturados flotando en el caldo de sangre que ahí se había formado. El vecino de la planta baja la miró impresionado. Y ella misma se sorprendía de su propia resistencia. Su amiga llamó un remis (no lo habían llamado antes porque no sabían cuánto tiempo les demandaría el tramo entre el departamento y la calle). Lo esperaron  bajo la lluvia y durante el viaje cada movimiento del coche repercutía en su pierna penosamente doblada para encajar en el espacio mínimo entre el asiento de atrás y el delantero. En la esquina de treinta y dos y ciento diecisiete unos pibitos pasaban de pedir plata a les conductores a tirarle piedras a un camión. Y el remisero dijo algo al respecto entre resignado y furioso pero a ella, por lo menos, le sacaron una sonrisa.

 

8 de febrero.

Una semana sin usar la rodilla.

No comprendo casi nada de cuanto me sucede en esta vida. A veces, porque sí, porque se puede, porque es gratis,  quiero llorar. Pero llorar no me sirve de nada. Comprendo que la educación sentimental que recibí, siendo socializada como un varoncito y en situaciones de soledad intervenidas por la acaparamiento de la vida por parte de las técnicas digitales (nací en 1997: llegué a conocer el encanto del mundo analógico, por supuesto, pero gran parte de mi existencia es impensable sin un soporte técnico a través del cual evado mi realidad adentrándome en una realidad computarizada, una realidad virtual, que es esta en la que ahora logro expresarme, dar cuenta de mi convalecencia y archivar, sin necesitar acumular cuadernos, que ya tengo más de veinte y no sé qué concha hacer con ellos, la historia de mi triste y solitaria vida) comprendo, sí, que la educación que recibí obtura, las más de las veces, en mi personalidad, la capacidad del llanto. Pero esta semana no fue el caso. Primero, el lunes pasado, en el hospital, mientras esperaba que me hicieran unas radiografías, en el pasillo del primer piso, sentada en una silla de ruedas y con mi amiga al lado. Gimoteé enchastrando el tapabocas de lágrima y moco. ¡Sentía tanta desesperación en aquel instante! Y los días siguientes, el miércoles, al ver un especialista de rodillas, que me informó, después de ver una radiografía más específica, que hay una astilla de hueso que no sabemos bien cómo va a evolucionar en las siguientes semanas. Mi papá me dijo que no pasa nada, que no llore. Y lo cierto es que hice un escándalo frente al médico. No dejé que me tocara. Cuando empezó a toquetearme la rodilla yo, temiendo que me ocasionara ese dolor indescriptible (pero con el que, desde que dejé de tomar ibuprofeno porque no me parece lo ideal pasar anestesiada tanto tiempo, convivo todas las mañanas) le dije, de mala manera: “por qué me tocas si te dije que no lo hicieras”. Entonces me pidió que flexionara la rodilla. Lo conseguí. Pero al instante le dije que no quería, que se sentía raro (y en mi mente, ahí dentro, algo se sentía horrible, algo andaba mal). Me informó: “vas a tener que empezar a moverla porque si no te va a quedar la pierna dura”. Un cuarto de hora después el diagnóstico cambió, al revelar la radiografía ese posible cachito de hueso infiltrado en el medio, interviniendo en la recuperación de mi articulación inflamada. Fue en ese momento que me largué, desconsolada, a llorar. En mi mente el veredicto era difícil de asumir: “vas a quedar manca de una pierna, de por vida”. Exageraciones, por supuesto, cosas que solo una persona como yo, en circunstancias adversas, imaginaría. ¡Pero qué horrible era escuchar, para mis adentros, una voz lo suficientemente horrorizada como para informarme, de antemano, que nunca más volvería a saltar, que nunca más volvería a ejercitarme ni hacer esos ejercicios de elongación conciente que me aliviaban de todos los dolores y me prometían un envejecimiento saludable para mis articulaciones! Ahora, como resultaba que yo era hiperlaxa, haber hecho, durante un año entero, yoga todos los días parecía haberme jugado la contra. ¡Demasiada elongación, pero muy poco músculo! El médico me miraba la rodilla sana, la de la izquierda. Y sí: era una montañita que, con sólo acariciarla, se movía de un lado al otro debajo de la piel. Faltaba musculatura en mis cuádriceps. En consecuencia, las articulaciones sufrían. ¡Y eso que me pasó entonces podía pasarme en el futuro! ¡Y si seguía pasándome cada vez sería peor! Mi viejo me decía que no pasaba nada, que no llore. Yo, indignada, le respondí: “qué te importa a vos si lloro o no lloro”. A esta altura, el médico, que debía considerar que yo estaba histérica y que era una boluda, hablaba con mi viejo sobre el futuro de mi salud, ignorándome. Había que hacer una resonancia magnética. Sí, y una ecografía de la rodilla. Pero había una situación de conflicto con la obra social y no estaban dando las órdenes. Al día de hoy todavía no sé cuando voy a poder hacerme esos estudios.




Pero ya no estoy en la casa de mi viejo: tal vez fue una mala idea volver al monoambiente tan temprano, pero necesitaba sentirme autónoma. No podía soportar que me trajeran la comida a la cama. Cuento con una férula alquilada: a las ocho de la noche me la calzo y comienzo, con la rodilla bien sujeta (¡imagino que me tropiezo o me caigo y que vuelvo a sufrir como una perra, como aquella noche del primero de febrero que casi ni dormí!), a cocinarme. Hoy cociné garbanzos en una cacerola y en una olla símil essen cociné arroz integral (el chino de la esquina de tres y quinientos veinte lo vende sorprendentemente barato, pero eso es porque acá a una cuadra queda el mercado central de La Plata) con cebolla, choclo y un poco de zapallo. Y en un plato aparte corte pepino y rallé una zanahoria, cosa de terminar comiendo un poco de todo a modo de ensalada y sabiendo que como era bastante tendría el almuerzo de mañana ya preparado. Estuve una hora parada con la férula, cocinando, y llegué a lavar los platos y todo pero para entonces ya me sentía exhausta. La rodilla me pedía reposo. Se supone que mientras más esfuerzo haga más tiempo me va a costar esta recuperación. ¡Pero necesito cocinarme mi propia comida! ¡Necesito lavarme los platos! Y estar en este lugar en el que el orden de las cosas es el que yo dispongo, y nada me trae recuerdos nostálgicos de ver un jardín que fue el de mi infancia. Basta ya de eso: no lo soportaba. Una semana mirando ese jardín estuve. Pero ahora de vuelta la vista era la vista de esta temprana adultez que venía piloteando a mi manera, por supuesto, con muchísima ayuda de mi papá y de mi mamá pero, también, de mis amistades y, sobre todo, logrando un cierto grado de autonomía en mis asuntos: en mis estudios, en mis trabajos, por más informales que estos fueran (¡y ya quisiera yo tener un trabajo formal, aunque, de todas formas, lo hubiera perdido después de quedar temporalmente discapacitada!). Ahora la vista que disfruto es la de la avenida más importante de este municipio: la quinientos veinte, que conecta la ruta con el mercado central, que es la espina dorsal que conecta a Tolosa con Abasto pasando por San Carlos y por Romero. Veo pasar el tren desde acá. Y escucho cantidad de autos, micros y camiones, un tráfico incesante de automotores que solo a esta hora empieza a detenerse. Recién el ramal 65 de la línea oeste frenó en la esquina. El aroma que entra por la ventana es distinto al aroma que hay en Gonnet. Acá siento que estoy en control de mi existencia. Acá veo un eje y un orden, una plataforma que, sí, lo sé, es un privilegio de clase (¿cuánta cantidad de requisitos absurdos piden las inmobiliarias para permitir que un inquilino firme un contrato?¿cuánta plata piden a cambio de ese trámite? Sea lo que sea, nunca dejan de ser mecanismos de exclusión social, aunque sus dueños lo argumenten y justifiquen a su favor) desde la cual proyectar mi vida. Necesito sentirme tranquila. Necesito pensar en soledad, en silencio, como ahora, a estas horas, como en este instante. Y escucho pasar el tren. Y veo pasar los bondis.

La última vez que me puse a escribir en motivo autobiográfico hablé sobre lo importante del rol que en mis últimos años vino a cumplir la danza. Bailar, bailar de cualquier forma (agitando los brazos, revoleando las piernas), para expresar, para expresarme, para liberarme de la sutil prisión de los pensamientos. ¡Y se trataba de algo que yo creía que no podía hacer! Pero ahora, con el paso del tiempo, se volvió algo que hago por instinto, con la naturalidad de lo que me hace bien, y me recupera de mis tristezas y me saca del ensimismamiento depresivo al que la cultura capitalista moderna me condujo. Y es algo que hago, no voy a decir profesionalmente y con virtuosismo, porque realmente no sé bailar como bailan les bailarines que aprendieron con un maestro pasos de baile y etc.; pero ¡bailaba tan lindo! ¡bailaba con tanta alegría! Y por hacerlo alegremente, tan bien, tan enérgicamente, mucho mejor de lo que yo jamás me hubiera imaginado que se podía bailar siquiera. Entonces esta advertencia de mi rodilla viene a significarme muchísimas cosas de las que me tengo que sobreponer y hacerme cargo. Porque quiero seguir bailando. Porque bailar es una de las poquísimas cosas que, al día de hoy, me mantiene en la vida y me otorga placer. ¡Bailar horas, sin pensar en el cansancio siquiera! Para seguir bailando tengo que asegurarme de una recuperación completa. Y pensar, entre tanto, en este misterio enorme que es el cuerpo en el que aparecí y tomé conciencia de la realidad que lo circunda, este cuerpo que soy y que poseo, ¡pero es que nunca lo voy a terminar de entender, si yo soy mi cuerpo o si yo poseo un cuerpo! ¡Y es tan confusa esta diferenciación!

Yo soy mi cuerpo, quiero creer. Y mi mente, sin contradicción. Ambas cosas, pero ni una ni la otra, sino la síntesis de ambas en una identidad moldeada por un contexto, por un pedazo de historia y por una geografía en donde aparecí y tomé conciencia de la realidad entera. Mi rodilla cumple una función prioritaria en el esquema de mis asuntos vitales. Mi rodilla me permite desplazarme con comodidad por la ciudad, que es el único medio en el que puedo sentirme cómoda y cumplir mis deseos: mi deseo de seguir bailando, mi deseo de comprender cuál es el pasado que nos precede como para haber llegado a este desastre cuyo nombre es “el siglo XXI”. Si me estanco, si pierdo recursos, si no me recupero de esto…¡entonces sí que me habría dejado vencer por las circunstancias! Y, realmente, no vale la pena: vengo diciendo por acá que tengo oportunidades (oportunidades que se derivan de la familia de la que provengo). Teniendo esas oportunidades, que muchísimas personas no, sería una estupidez de mi parte dejarme arruinar por la depresión, o por mil cosas que yo me sé de mí misma y que no me da el coraje para escribirlas. Las decisiones que debo tomar son decisiones, no voy a decir urgentes, pero si necesarias. Y esas decisiones me guían por un camino que es el de mi independencia. Habiendo experimentado por una semana lo que significa depender de otra persona para cumplir las más mínimas funciones del organismo (alimentarse): ¿no debe sentir respeto por cuidar de mi salud, aunque eso implique el esfuerzo de ejercitar la musculatura de mis cuádriceps para que nunca más vuelva a correrse de su lugar mi rótula? Parece ser que con el yoga no alcanza. Y sí, no existe la independencia total, absoluta; el individualismo extremo es una trampa a la que ya me vi tentada. Siempre estamos en contacto con una pequeña comunidad de personitas que comprenden quiénes somos, y que comparten el bienestar que nos produce alcanzar nuestras metas. Si renunciamos de la reciprocidad renunciamos a la asistencia que requeriríamos en caso de vernos en las malas, en las situaciones horribles que podamos enfrentar. Dicen que una salud frágil eleva nuestra capacidad de escuchar la vida: ¡y es cierto, es mucho más que valedera esa afirmación! Ahora que conozco en mayor profundidad cuáles son los límites de la mía tengo que perseverar por conquistar (recordemos la noción del complejo de inferioridad pergeñada por Alfred Adler) esa función que ahora mismo se ve disminuida. Y acaso ese sea el sentido de esta dolencia: prevenirme, ahora que soy joven, que tengo veintitrés años y me puedo recuperar con facilidad, para que esto no me agarre desprevenida más adelante, en una etapa posterior en la que me sienta más cansada y este cargada con responsabilidades más acuciantes…