domingo, 27 de diciembre de 2020

¿Qué ocupó mi mente en los últimos días?

 

Miscelánea de vida fresca.

25  / 27 de diciembre, 2020.

No puedo decir gran cosa de mis últimas semanas. No siento orgullo de ser una larva, de quedarme tirada en un sillón o en el piso mirando la pantalla de la pc, mirando un reality show de drag queens estadounidenses, mirando pasar fogonazos de luces, de destellos y brillos. La realidad, que se manifiesta intrusivamente en las dentelladas con que mi pensamiento corroe mi cuerpo (me sigo mordiendo las uñas y la piel de mis dedos sufre en consecuencia; y, si tengo este tipo de conductas que me complican en un círculo vicioso de autodestrucción, es porque soy una neurótica obsesiva que se bombardea la tarde con pensamientos cargados de ansiedad y que no puede pasar de largo un atardecer sin decirse: “acá estamos, desperdiciando la vida”) la realidad, en fin, es algo que desconozco profundamente, que me parece lejano, que se me aleja cada vez que establezco barreras, como “pararrayos contra la felicidad” (esto es un verso que forma parte de un poema que escribí hace ya años, pero hoy en día no creo que exista la felicidad), que son estructuras mentales de grilletes lingüísticos y trucos de la imaginación para atar mi ser en la preserverancia de la vanidad, de la falta de esfuerzo, de la vida desapasionada que creo que vivo, pero, ¡ay! algún día serás una persona emocionante, algún día te vas a destacar, algún día vas a salir de este tu letargo, tu largo sueño de la adultez temprana. Sí Lihuel, seguramente, algún día…



Mientras, los días pasan. Y la voracidad del tiempo corroe los fundamentos de mi ser atado a una personalidad aniñada, en peligro de llegar a los cuarenta años con la misma estaca de sufrimiento inútil clavada en los dos pies, sujetándome a una tierra desolada, tristísima, sobre la que ya ni me reconozco. Tengo miedo: entre otras cosas, de quedarme ciega, de contracturarme demasiado, de seguir viviendo una vida sin sentido. ¡Una vida sin sentido! Como si no deseara, día tras día, terminar con todo esto (pero ya sé que el suicidio no es una verdadera salida a mis problemas, y más sensato sería trabajarlos a partir de metas u objetivos realistas, introspección profunda y meditada – y no arrebatos de sinceridad hueca en inexistentes espacios digitales). Mañana, que voy a salir, una vez más, en lo que va desde que abandoné mi primer trabajo con un sueldo fijo, a buscar uno. Pienso, sí, con claridad en la mente y el pelo limpio y atado en un rodete, las mejillas bien afeitaditas, un pantalón de jean negro y una remera que no pase de largo mi cintura, salir a tirar currículums en heladerías, soñando con que de algún lado me llamen y me ofrezcan trabajar frente a un mostrador, sirviendo crema congelada (el producto de la violencia ejercida sobre millares de vacas que mes a mes se mueren en campos de concentración diseñado a la medida de nuestra razón especista) a personas cuyos rostros, al final del día, se difuminarán en mi memoria y contra quienes, seguramente, guarde un rencor escaso e incorrectamente dirigido, un rencor tonto, un rencor sin utilidad. Sin utilidad como ese mismo trabajo en el que necesito empeñar mi tiempo de vida para dejar de ser un trapo humano mantenido por su familia, que sabe lo que quiere pero que no se hace cargo de sus impulsos más fundamentales, que sabe lo que quiere pero todo le sale demasiada plata, demasiada plata, demasiado tiempo de vida desperdiciado en tareas absurdas a cambio de un salario…

¡Quiero fumar porro, nada más, coger con personas que el resto de la semana no me molesten! No: amar no, no quiero amar, ya no quiero sentir amor (ni siquiera por mí misma). Sólo quiero autodestruirme. Sentir placer y no amor. Placer, “que destruye todo lo que toca”, como señalaba Octavio Paz al hablar de la obra del Marqués de Sade. Placer: por el que he destruido mi propio cuerpo en la búsqueda masoquista de un cariño que no es cariño, sino escupitajos en la cara y una penetración anal que me desgarra por dentro pero que, al hacerme sentir poseída por un hombre, por lo que necesito sentir de un hombre como su fuerza viril estrellándose contra la esterilidad de mi recto, me genera un placer simbólico que está por encima del dolor y del sufrimiento físico que el propio sexo anal me produce. Sí: es al revés de cómo las cosas son enseñadas. Es al revés de la ternura; porque ya no me sirven los abrazos y los mimos, ni el dormir acompañada y el amanecer con alguien en una misma cama (¡con este calor hay que estar demente para desear semejante cosa!). Necesito besos babosos, besos horribles, que me muerdan, que me golpeen si cabe, que me cojan tan intensamente que solo bajo los efectos del alcohol pueda soportarlo sin emitir quejas y que al cojerme así se manifieste la burda y hueca representación de mis afectos elementales: que me lastimen porque al dejarme lastimar les hago sentir placer. Y yo solo quiero que esas personas de cuyos rostros y miradas luego no voy a querer acordarme pasen un buen rato conmigo. Aunque sea a costa de mi cuerpo.

Para eso, mi mente calcula, necesito porro. Para conseguir el porro tengo dos alternativas: comprarlo, pero es muy caro y ni siquiera vale la pena gastar tanta plata en algo que dura tan poco, por más placentero que sea, o cultivarlo yo misma. Pero cultivarlo yo misma supone una inversión y el dinero no se genera solo. Así me veo envuelta en la misma trama: necesito un trabajo y un sueldo fijo primero que nada. Después, acaso, todo ese trajín inservible de trabajar para el provecho de otras personas se recompense en mi propio provecho, a través de esta inversión (algo sensato, finalmente) que no solo es un imán automático de chongos, sino también algo que responde a mis metas más ansiadas (y las que siento más lejanas también): la autosuficiencia, la autogestión de mis asuntos.

Hay más, pero lo que está más acá de este punto es un proyecto que conlleva en sí un giro existencial en la trama angustiada de mis días. Necesito, entonces, invertir en pelucas, en maquillaje, en tacones de punta. Necesito aprender las lecciones necesarias para devenir una mujer travesti (y no hay nada que me incite más a abandonar esta estúpida vida en la que la gente me lee como un varón por los signos visibles de mi cuerpo, aquellos asuntos de los que ya he tenido la oportunidad de hablar). No puedo con las hormonas: estaría renunciando a lo que no quiero (y tampoco necesito) renunciar. Mis genitales, mis genitales que me hacen sentir placer y que son el placer que busco ver reflejado en un cuerpo con genitales afines a los míos. Mi replica. Mon sembable. Mi delicada cintura de varoncito. Mi pelo con el brillo del pelo de una persona que se acostumbró a transpirar descargas inmundas de testosterona. No quiero pisar un hospital, de ser posible, nunca más en mi vida. Pero necesito que sepan, en la calle, sea de día o por las noches, en donde sea que me encuentre, que ya no soy más un maldito hombre. Que ni siquiera soy un puto de mierda. Que no sé exactamente lo que soy. Pero que, sea lo que sea, me expresaría mucho mejor (por lo menos mucho mejor que ahora) si tuviera maquillaje cubriendo las facciones de mi rostro y una peluca. Que como una mujer travesti me sabría hacer, finalmente, respetar. Hacerme valer, de una vez y por todas, por lo que realmente soy: una aberración, una locura que no se quiere bienadaptar a las instituciones o a los medicamentes; un código demasiado abigarrado, imposible de decodificar. Hacerme valer como una mujer travesti sin operar y sin pensar siquiera en estrogenarse. O sí, pero por lo menos, no ahora, no en este instante.

No veo, por tanto, razones para extinguirme antes de tiempo, razones para terminar con mi vida. No veo, tampoco, un horizonte sólido a futuro en los términos colectivos de la sociedad que habito. Pero ese ya no es mi problema. ¿Cómo podría hacerme cargo de todas esas cosas? Sí: lo que se avecina es peor, claramente peor que lo que ya tenemos. Pero aprender a resistir al contexto de mierda es también una forma, al menos eso fue en mi vida, de endurecerse, o, más bien, encallecerse. Si a una le salen callos de tocar un instrumento eso no impide que se siga tocando; por el contrario, ellos dan cuenta de la experiencia acumulada en horas ininterrumpidas de música. Quisiera ver qué tan deforme está el dedo pulgar de un clarinetista profesional, que soporta durante horas la carga de medio kilo en función de habilitar la ligereza que requieren los otros dedos. Quisiera ver qué tan deforme y encallecido está mi pobre cerebro: porque lo sometí a estímulos tan fructíferos durante la adolescencia que ahora, a la luz de este presente en el que tengo que salir a tomar un cargo laboral extenuante y repetitivo, no me añaden nada. De poco sirve en un curriculum vitae admitir que leímos las más cultas novelas escritas por hombres y mujeres que fallecieron hace más de un siglo. Es una pena pero, realmente el placer que esas lecturas proporcionan es el placer de habitar en una realidad paralela, y esa realidad es una deformación profesional del cerebro y de la mente.


No quiero sonar a hueca. No quiero decir que preferiría ser una persona distinta, con una suma de experiencias distinta (aunque en realidad sí). Es muy tierno que yo a los veinte años aun quisiera dedicar mi tiempo libre a escribir. Es, después de todo, lo que estoy haciendo ahora. Pero sé, por lo menos a esta altura, que escribir no recompensa en términos que no sean el conocimiento de une misme adquirido gracias a la introspección – y por eso lo que ahora escribo es exclusivamente autobiográfico, aunque también hay indagaciones posibles sobre la oscuridad de mi mente que podría emprender escribiendo ficciones. Es decir, enmascarando mi ego, sublimando mis pulsiones en un carácter ficticio, en una creatura hija de mi imaginación.

Pero si quiero hacer drag y travestirme: ¿no sería yo misma, ahí, la hija de mi propia imaginación? ¿no encarnaría yo misma en el rol de un personaje lo que siempre quise ser y siempre me negué? Salir a la calle vestida de mujer: ser más que una crossdreser, ser, en suma, la totalidad indivisa que se enorgullece de aquello que en algún momento rechazó; es decir, la feminidad que existe y que conozco en mí. La feminidad…por más que también la feminidad (la feminidad como social y culturalmente la comprendemos) sea una trampa. ¿No lo veo, a diario, en los concursos de drag conducidos por una estadounidense que posee más dinero del que yo jamás voy a alcanzar a ver en mi vida entera, no lo veo, en las aspiraciones de sus talentosas concursantes, ser una mujer, no se esfuerzan horas por verse lo más fishy (femeninas) posible?

¡Y yo, que dejé de ser un hombre tampoco quiero ser ya una mujer, no, no una mujer en los estrictos términos definidos por la cultura! Por eso siempre lo digo: quisiera ser un margen, una monstruosidad, un enigma para la mirada paqui. No tengo metas de transición, y llevo transicionando desde junio sin haber efectuado sobre mi imagen corporal cambio alguno, de no ser por el arito que me hice en el labio (afortunadamente, gracias al uso de los tapabocas ya no voy a necesitar esconder mis piercings en las entrevistas laborales). ¡Sin cambiar más que de nombre y de actitudes frente a la vida y frente a las demás personas! ¿Pero no es la existencia humana una transición perpetua? ¿Existe, realmente, algo que no sea transicionar todos los días, todas las horas, mudar, mudar de pieles, de ideas, de amistades, de hábitats, de seguridades, de certezas? Bueno, dirán los defensores del inmovilismo absoluto, pero siempre algo permanece. ¡Algo! ¿Algo qué? ¿Los pelos de mi nariz? ¿El color de mis ojos? La inmovilidad absoluta, lo sabía Bossuet, equivale a la muerte. “Tu cambias”, decía Bossuet, “entonces eres mentira”. Y se respondía al instante: “Tu no cambias, ¡por lo tanto eres la muerte!”




Asociar el cambio a la mentira es natural, sin embargo. Yo misma cambié tanto que mi ser de los dieciocho años me parece una gran y estúpida mentira. En aquel momento yo despreciaba a las personas que se maquillaban; sí, lo digo de forma no irónica, despreciaba a esas mismas personas sobre cuyo modelo estoy diciendo ahora que me inspiro, aquellas personas en las que hoy quiero convertirme. Y mi argumento de aquellos años era: “usar maquillaje es instalar una capa de mentira, ocultar tu verdadero rostro, taparlo vanamente, como en un circo, esquivar la realidad por medios artificiales”. No faltaba que diga “medios artificiales proporcionados por el capitalismo y la industria de los cosméticos”. ¡Así de embarrada tenía la inteligencia a mis dieciocho años! Y, a todo esto, recuerden: estamos hablando de la misma adolescente neurótica que no sabía amar (pero hoy en día ya no creo en el amor); estamos hablando de la misma boba que se leía de corrido novelas enormes, con todo su pretencioso tiempo derramado en las páginas de los libros de la biblioteca de su barrio, con una bolsa enorme de ideas y confrontaciones teóricas conformada por nada más ni nada menos que su vanidad. Pero entonces llegaron los años de obtener el dinero propio, de trabajar, de madrugar de lunes a sábado, de preparar café, de ser infeliz de una nueva e insólita manera. ¡Los años de desear la muerte todos los días, de no tener aspiraciones, de sentirse un trapo! Y ahora, que ya no trabajo como trabajaba en aquel entonces y soy una mantenida, adivinen qué: me siento muchísimo peor. ¿Saldré de este hechizo cuando, por fin, con mi primer sueldo, encargue y me compre mi primera peluca? ¿O va a ser cuando borracha y fumando porro, con mis amistades, allá en Ensenada, el sudeste geográfico de mi espíritu (esto viene también de un verso de un poema que escribiera el año pasado y que acaso algún día comparta con ustedes, si es que hay alguien realmente leyendo estas líneas, un par de pupilas refocilándose en estas palabras sea por curiosidad o por mero placer de leerlas, de disfrutar la forma en que las conecto al darle forma a mis pensamientos), me ponga por primera vez tacones de punta y, con el maquillaje corrido, después de haber pasado la noche bailando, vea un amanecer contagiado de risas, un amanecer fresco y saludable, un retornar a la vida y entonces llegar a casa, sacarme el make up, colgar la peluca, fumar acaso otro porro y tirarme y volver a la breve y pequeña muerte que es el sueño? ¡Pasar de la vida a la muerte y de la muerte a la vida todas las noches, sin interrupción, mutar y florecer, transformarse, salir renovada de una terapia que ya rompió por completo con las palabras porque es una terapia de cuerpos y del movimiento, una terapia del baile! Como identidad femenina que soy también le recomiendo a los varones que se creen varones dos cosas esenciales: que hagan terapia, al menos una vez en la vida (yo estoy esperando tener un sueldo fijo para volver con mi psicoanalista por más que me cobre una guasada de plata por sesión, estoy en un momento de mi vida en el que realmente lo necesito) y que bailen, que bailen porque sí, porque se puede, porque es placentero, porque es la mejor forma de transpirar las penas.

¿Fui demasiado sincera esta ocasión? ¿Escribí de más? ¿Dije cosas absurdas? ¿Tiene sentido lo que digo? ¿Alguien acaso lo lee, alguien pierde su tiempo leyendo lo que publico en este blog? Lo único que necesito que sepan es: realmente, se los juro, no me pienso matar (aunque lo desee todos los días). En algún momento la vida va a volver a florecer. Pero, qué pasa: ¿Quién te dijo, estúpida, que iba a ser fácil?

 

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Sueño de la madrugada del 16 de diciembre de 2020.

Introducción. Con J. y B. visitamos una cárcel en un bosque iluminado por reflectores. Es que le fuimos a llevar una medicación al hermano de B. (¿está bajo algún tipo de diagnóstico psiquiátrico?).

Antes de eso. Yo pasé meses o años viviendo en el bosque. En un momento fui un ave, y vivía en un nido junto a otros pájaros blancos. Pero me echaron del árbol por ser humana; y, aún antes de eso – estábamos en Chile, pero la ciudad era definitivamente La Plata, en donde vivo desde hace 23 años – me bajo del bondi sobre lo que sería la rambla de 32 (a la altura de avenida 7) y saludo y abrazo a un rapero con el que venía viajando. Un loco con una porción de la ceja rapada me ve y me amenaza con un encendedor: me quiere prender fuego (por marica). Y es ahí que comienzo a caminar (hacia el oeste) y me adentro en el bosque donde viví un tiempo con las aves. Después de que me bajara del árbol y abandonara el nido, tengo recuerdos muy difuminados de haber pasado hambre y, vagando por cualquier lado, veía mi rostro cadavérico y con rastros de sangre, como si pudiera ver el interior, es decir, la carne y los huesos que la piel recubren.

Canopus

La cárcel, el bosque, las estrellas. A todo esto, seguimos en Chile. Vemos, al lado de la cárcel (que es como una muralla de piedra frente al bosque) un barrio privado, con departamentos y alambres de puas. Pero no es un barrio de gente adinerada, sino de trabajadores; parecen más bien departamentos dúplex, una vecindad con un portón compartido. En esa ocasión lo único que anoté es que bardeamos al gobierno chileno. Subimos las escaleras de la cárcel para darle la medicación al hermano de B. (al cual vemos hecho trizas, envuelto en una camisa de fuerza). Entonces me doy cuenta, con muchísimo asombro, de que en el cielo las estrellas se ven nítidas y de una manera que, por supuesto, nunca vi despierta (pero si en una ocasión y en otro sueño que tuve en 2018). Lo más parecido que puedo anotar de mis recuerdos, en relación a ver un cielo despejado y repleto de estrellas, son las noches que pasé en el monte, en las inmediaciones de Capilla del Monte y en el Rio Quilpo, a 12 kilómetros de San Marcos de la Sierra. Bajamos de la fortaleza-cárcel. Con J. nos disponemos a prender un fueguito en el bosque – pero toda la madera está húmeda y se dificulta. Hay cuadernos y porta útiles: pienso en agarrar tijeras y sacapuntas. Ahora las estrellas no se ven porque hay reflectores, pero llega un momento en que vuelvo a verlas perfectamente. Le explico a I. (un amigo de mi infancia y adolescencia con quien ya no hablo) sobre Sirio (mientras se la señalo) y sobre Canopus (hace un par de días le explicaba a una amiga que Sirio y Canopus son, después del sol, la segunda y la tercera estrella que con más luminosidad se perciben desde nuestro planeta; le mostraba ambas estrellas a eso de las diez de la noche y le explicaba que verlas juntas en el cielo es un privilegio de vivir en el hemisferio sur, porque Canopus no se ve en el norte: de ahí la siguiente parte del sueño en la que hablo sobre exactamente lo mismo). El cielo se ve tan hermoso que me lleva a una reflexión: “allá, en el cielo, lo que estamos viendo es un espacio real, que efectivamente es posible ir hasta allá atravesando ese espacio” - entonces me giro  y veo las estrellas del otro lado del cielo – “o hasta allá”.

Se hace de día, hay una escena confusa en la que nos tenemos que ir del bosque, que ahora está en un predio. Tiramos billetes fuera de los muros y salimos a buscarlos (¿?). Salen animales a cazarnos. Retrocedí en el tiempo.

Mi mamá. En este momento, mi vieja acaba de mudarse a una casa nueva (totalmente "ficticia") con mi papá, soy un chico joven (aun no transicioné ni cuestioné mi identidad de género). Esto es también, lo sé por las decisiones del montaje y la forma en la que la cámara enfoca los rostros de una señora y de su hija que aparecen en primer plano, una película de Pier Paolo Pasolini. La señora canta acompañándose con una guitarra. Su hija tiene los labios muy gruesos (demasiado gruesos) y pintados de rojo. Me pregunta a mí qué hago y le digo: “nada, pelotudeo todo el día, tengo ganas de matarme” (se lo digo, a la vez, de muy mala manera mientras cruzo el pasillo en el que estamos casi sin mirarla y dándole a entender que me cae mal y que no quiero saber nada de ella). No obstante, ahora tengo miedo de que al escuchar eso mi vieja comprenda que realmente quiero suicidarme.

Voy a su habitación, hay un desorden de cosas, sobre todo ropa, zapatos; voy a donde está la cama y veo libros de texto, los del colegio (como si ella estuviera chequeando que es lo que me enseñan en clases). Pienso: “claro, esta mujer aun lee” (porque soy consciente de que retrocedí en el tiempo, y de que en ese momento mi mamá todavía conservaba hábitos que hoy en día ya no frecuenta). Entonces descubro también otra cosa: aun es posible cambiar mis actitudes frente a ciertos hechos que llegarían en los años siguientes: la separación y la ruptura del vínculo entre mis xadres, etc. Despierto...


Interpretación. El sueño se me presenta como una figuración de las etapas en las que segmento mi vida. Visualicé así escenas que son una relación del paso del tiempo, y de como el paso del tiempo me vio crecer a una adultez en la que llegué a conocer una serie de inclemencias y situaciones problemáticas. El sueño comienza reflejando aspectos de mi vida adulta a través de las siguientes figuras:

 1) El rapero: en los últimos años conocí amistades, en Ensenada, que me introdujeron a la cultura hip hop y que producen y escriben canciones de rap. En ellas la cuestión social es una temática que se suele abordar de una manera que, cuando yo salí de un colegio católico y privado a los 18 años, aun no era capaz de concebir. Considero, por tanto, que en esos encuentros y en esas amistades, así como en la interiorización y la comprensión de los mensajes de las letras de esas canciones que ahora escucho, hubo una expansión de mi conciencia, una posibilidad de ver situaciones ante las que era indiferente o insensible.

2) Un loco me amenaza con un encendedor: desde los 18 años empecé a salir a la calle vestida de forma tal que la gente pudiera percibir mi disidencia sexual. En ese contexto, me acostumbré a recibir amenazas, a ser hostigada, a que me apedreen con baldosas rotas, etc. Hace poco escuché desde el balcón de mi casa, a la madrugada, a unos pibes en bicicleta gritarme "cerra la ventana putooo, vamos a entrar a hacerte la cola, pedazo de raro". A raíz de esto pensé: "no suelo darle bola a estos comentarios, los paso por alto considerando que solo son chistes, pero en realidad un día voy a salir de casa y me van a prender fuego". Por eso en el sueño el encendedor y su chispa representan este tipo de amenazas.

3) Los pájaros, el nido y el vagar por el bosque con la cara despellajada: esto se relaciona con una fábula que escribí a los veinte años, después de terminar una relación con una persona que "amé" muchísimo pero a la que herí por razones que se relacionan con mi neurosis de aquellos años y mi ceguera moral (por fortuna ya no creo en ese concepto del amor). Considerar que los pájaros son blancos: hay ahí una idea de la pureza, y de un estado idílico en el que te alimentan, y no es una preocupación el conseguir la propia comida. Cuando soy echada del nido vago por el bosque y en ese vagar hay una lastimadura, una herida relacionada con las inclemencias de la naturaleza y a todo lo que estamos expuestes por poseer un cuerpo de animal; ahora bien, esto también es una materialización onírica de algunas de las ideas que Hermann Hesse desarrolló en su novela Narciso y Goldmundo, en la que su protagonista adquiere libertad al vagabundear sin rumbo, a pesar de que en ese vagabundeo, por así decirlo, se le va la vida. (Pero la vida se trata de eso).

4) El barrio cercado por alambres de puas: vivo ahora en un departamento en el que la inmobiliaria decidió poner, penosa e inútilmente, un símil alambrado de puas entre sus balcones (lo que es ridículo en relación a la nula protección que ofrecen, además de ser, en mi consideración, totalmente innecesario). Mi opinión es que la civilización nos ofrece el pagar por una pequeña cárcel en la que habitar junto a nuestros miedos. Y eso está en contacto con la idea del gobierno: es el Estado el que nos sujeta a vidas de aislamiento y de soledad, a una individualidad cada más acuciante (aunque esto tiene que ver con qué tipo de vida une lleva, pues se pueden plantear formas de existencia comunitaria aun en el marco de una pequeña tribu conformada por amistades políticas, con un eje en el compartir no solo momentos, sino en una reciprocidad tanto de los afectos como de otro tipo de aspectos materiales de la vida como forma de relación social). No es casual que en el sueño frente a la cárcel como una muralla de piedras, en contigüidad (metonimia) exista otra cárcel: la cárcel de un barrio cercado, una vivienda que es más el alquiler gustoso de una celda que cualquier otra cosa.

5) La locura del hermano de mi amiga: otro punto relacionado con crecer y descubrir la dura realidad de las cosas humanas está en contacto con observar de frente la pérdida de la razón y los caminos oficiales para enjaular a quienes dejan de tener asidero con la realidad racional a la que nos tienen sujetades. La cárcel para destruir y "hacer trizas" al hermano de una amiga (a quien mi mente capaz seleccionó porque de adolescente nos enteramos que sufría una enfermedad, aunque no recuerdo precisamente si un diagnóstico psiquiátrico) es, también, una figura de la cárcel a la que yo misma me sujeto, o el miedo a perder la cordura, o, precisamente, a ser demasiada cuerda y, por esos límites mentales, no desarrollar mi verdadero potencial.


Pero frente a este demencial recorrido por las galerías del sufrimiento adulto se contrapone una experiencia de lo sublime, que es una experiencia de la libertad alcanzada en la contemplación extasiada de este universo que, como en un pantallazo, se nos dio la oportunidad de habitar en nuestras vidas efímeras de forma consciente. Frente al sufrimiento que supone el paso del tiempo, surge la admiración de la extensión, del espacio abierto, del mundo que nos es dado recorrer. Y esa observación que hago con respecto a las estrellas lejanas es, precisamente, una observación de la libertad: "yo hoy estoy acá, pero los lugares que veo en un mapa son reales, y puedo ir y recorrerlos". Es, así, la contemplación de un fenómeno de la naturaleza (las estrellas) lo que me remite a una experiencia de abandono de la cultura oficial a la que ya he referido: mi viaje a la provincia de Córdoba junto a mis amistades. Una sensación de liberación que se obtiene tan solo viajando. Así, se lo explico a un amigo de la infancia. La presencia de otra persona en el sueño (J.) tiene que ver con la posibilidad de conocer la localidad en la que vive y, así, salir de "mi pequeña burbuja", expandir mi realidad.

Finalmente, hay, después de una escena confusa en la que asocio animales con billetes (un símbolo de la alienación de la vida moderna) (ya sabemos que en los papeles devaluados de hoy en día ya no figuran próceres sino cualquier clase de fauna) un retorno en el tiempo a una época previa, a una época en la que todavía no salí del nido. Pero en ese retorno yo no perdí el conocimiento y la sabiduría adquirida a través del dolor de la vida adulta: por eso es que manifiesto que me quiero matar, y que preferiría la muerte. En ese retorno, veo, desde la experiencia, qué actitudes podría cambiar en mi pasado para que mi porvenir sea más provechoso; hay, así, una figura de la reencarnación, una idea de que repetimos una y otra vez nuestras vidas hasta que aprendemos, de una vez y por todas, la lección fundamental...


sábado, 12 de diciembre de 2020

De una madrugada

 

8 de dicembre, 2020.

Me pregunto qué recuerdos de hoy van a quedarse y cuáles van a evaporarse. Me pregunto, una vez más, por la memoria. Algunos, como el siguiente, son, lamentablemente, indelebles.




Ayer volvía a casa caminando por la avenida 520 pasada la meadianoche. Una cuadra antes de llegar giro la cabeza y veo a dos wachines en bicicleta. Seguí caminando y en la esquina uno de ellos se adelanta, frena en frente de mí y me empuja con su cuerpo. Entonces comprendo que me van a robar: veo como me apunta con un caño. Mientras le doy la mochila, al costado, frena el otro pibe y, mirando al que sostiene el arma a los ojos, le entrego también la billetera. No miro el arma: sólo busqué su mirada. ¿Es imprudente mirar a un chorro a los ojos? Pero me encontré a mi misma en el reflejo de aquella persona que me amenazaba. Me imaginé, al llegar a casa, que en ese momento exacto de nuestras vidas nos cruzamos y que lo que protagonizó nuestro encuentro fue un acto extorsivo, una amenaza de muerte o de herida de bala a cambio de seiscientos pesos, un celular y una mochila rota. Me imaginé, secretamente, que mi vida era la contracara de la suya, y que en esa polaridad yo ya había vivido su vida o que en algún momento iría a vivirla. Entonces se repetiría ese encuentro pero desde la perspectiva contraria: todo lo que él no supo de mí (cosas, después de todo, intrascendentes, ¿qué interés puede tener un chorro con respecto a los asuntos de aquelles a quien roba? De hecho, mientras menos sepa mejor, porque así más fácil se hace su tarea) se complementaría con todo lo que yo no sé de él, empezando por su nombre y sus orígenes. Porque el entrecruce de nuestras existencias fue un pantallazo casual, un breve mirar por la ventana de una realidad ajena, a partir del cual él se aprovecho de mi insensata caminata nocturna y, sacando provecho de mi bienestar material, de todo aquello que yo poseo porque tuve muchísimas posibilidades que él no, asumió la posibilidad y la oportunidad de despojarme y de cubrir así, con plata fácil, alguna de sus carencias (y aunque eso sea a través de la droga, pero esto a mí ya me resulta ignoto porque lo que yo sé de él es absolutamente nulo y, por lo tanto, solo puedo imaginar en qué va a ir a parar esa plata a través de hipótesis fundamentadas en mis prejuicios).

Vuelvo a pensar en el momento en que respondí a un impulso primario y despojado de cualquier clase de miedos. Vuelvo a pensar en los dos o tres segundos en que busqué su mirada y, traspasando el primer plano visual del fierro apuntando hacia mi rostro, fui al fondo de un par de pupilas que me urgían por debajo de un piruso. Jamás voy a comprender la subjetividad de quien en una calle desolada te increpa con palabras cargadas de bronca para que le entregues lo que sea que llevas puesto. Entre el universo cultural de pretensiones y abundancia en el que me crié y la marginalidad de la cultura oficial que él y su compañero seguramente atravesaron desde que por primera vez una mirada blanca los identificara como negros cabeza y de ahí en adelante los estigmatizara por nada más que la apariencia de sus caras existe un abismo. Y ese abismo es tan desolador, tan infranqueable que intentar siquiera tender un puente me resulta hoy en día una ingenuidad. Sin embargo, en dos o tres segundos de contacto visual yo vi lo que hay más allá de mis seguridades económicas y de mi buena o mala fe ideológica: vi, en el portador de un arma que aseguraba dispararme en caso de que se me ocurriera oponer resistencia, a un adolescente educado a base de gritos y golpizas, menospreciado por las instituciones educativas del estado, quizás semianalfabeto. Vi a una persona enteramente arrojada a un margen del cual a mí me hablaban siempre a través de libros y películas, pero cuyos rigores nunca tuve que enfrentar con la integridad de mi cuerpo y de mi mente. Supe, por lo tanto, que enojarme era más que imposible: era absurdo. ¿Enojarme con quién, contra qué, por qué motivo? Si se trata de perder lo que en mi tiempo de trabajo costaría reponer lo que en ese instante me fue arrebatado: ¿Cuánto tardaría? ¿Dos semanas, un mes? En cambio, a ellos dos: ¿Quién les devolvería lo que nunca tuvieron? ¿Quién les iba a plantear una alternativa? ¿De qué forma obtendrían tanto dinero en tan poco tiempo? (Literalmente, menos de un minuto en una actividad riesgosa, pero fructífera).

Venía esa noche de bailar en la vereda de diagonal 76, donde queda un bar llamado Pura Vida. Mi prima cumplía dos años como DJ y lo festejó con todas las personas que desde un primer momento bancaron su iniciativa y la acompañamos en cualquier clase de eventos e instancias laborales. Habíamos fumado ese porro exquisito que no es fruto del tráfico ilegal sino de la cosecha propia. Y bailado tanto y tan sentidamente que, frente a la timidez de los cuerpos quietos, podríamos habernos desencajado de la risa porque vivíamos en América del Sur y, como dice la canción de Milton Nascimiento, acá no se precisa de la timidez. En un momento me dije que ya era tarde para volver, y fui caminando por siete hasta que, en un momento, me dije también que era tarde para seguir caminando y decidí esperar un micro. Yo, que esa noche sólo había fumado y que no sentí la necesidad de tomar ni un sorbo de alcohol (a veces se baila mucho mejor tomando solamente agua) vi a las juventudes bebiendo cerveza en locales ridículos y ventilando sus vidas privadas en las galerías inhumanas del centro de una ciudad arruinada en el marco de una civilización decadente. Me sentía superior a todes elles porque pensaba que la edad otorga sabiduría. Y, muy vanamente, pensaba que yo conocía bien mis calles, que nunca iban a robarme. Más tarde esa noche, entregadísima frente a dos extraños oportunistas, caminando sola entrada la madrugada, me tuve que recordar a mí misma que los palos de la vida también dan sabiduría. En mi travesía por la noche platense fueron dos menores de edad los que, conocedores de un arte mucho más triste y más sangriento que cualquier otro que yo vaya a aprender en mi existencia, vinieron a demostrarme que no es necesariamente la edad sino la necesidad lo que te enseña a valerte por tus propios medios, sobre todo en condiciones de vida pésimas y a través de esas actividades censuradas y que ameritan oleadas de punitivismo clasista, actividades en las que nadie de mis círculos sociales querría incurrir pero que al final del día también constituyen un trabajo, un trabajo realizado por quienes están armados y ya no tienen nada que perder en esta sociedad que nos empuja, con una insistencia cada vez mayor, a sacarnos las tripas, a perdernos de vista, a odiarnos en silencio, a morir de miedos imaginarios. Pero yo nunca pude tenerle miedo a caminar sola en la calle y de noche. Mi ingenuidad frente a los delitos espontáneos es parte, también, de lo que yo reivindico como la libertad de ir a donde quiera en el momento que quiera. Por supuesto que hay zonas de la ciudad que jamás pisaría sola y de noche. Claro: entre esas zonas no incluyo a mi barrio. Y fue en la esquina de mi propia casa en donde me hallé desprevenida. Porque venía relajada después de horas bailando y fumando. Venía con una tranquilidad de la mente y una apetencia, que es cada vez más y más irrefrenable, de intensidad, de saturar los límites de todo lo que está más allá de mi imaginación. La naturalidad con la que me dejé robar fue una condición provista por el porro: entregarme, sin chistar (apenas crucé palabra con el chorro más que para explicarle que el celular estaba dentro de la mochila, y eso porque me lo preguntó) a lo que tiene que ser porque frente a la amenaza de un fierro no hay más alternativas razonables que la aquiescencia. Dejarme manipular por dos personas que supieron con tan solo verme lo regalada que estaba. Y, en ese aceptar las condiciones de la noche, de la soledad de las calles, del silencio y de la marginalidad, aceptar que las cosas que poseo son solo un disfraz, una demostración más de lo efímero, que es el hábito propio de todo cuanto existe. Porque estaba fumada supe al instante lo que tenía que hacer; porque estaba fumada, entonces, a la orden de “date vuelta y corré”, giré, apuré el paso y, un instante después, me volví a girar y terminé el camino hasta mi casa con total normalidad, como si no hubiera pasado nada, mientras ya al fondo de la avenida se perdían esas dos siluetas en bici que se llevaban lo que hasta ese momento yo tenía, excepto mi ropa y mis llaves. Y porque estaba fumada sentí el impulso, la necesidad, la locura incluso, de mirarlo directo a los ojos, pero sin delatar nada en mi mirada, salvo, quizás, curiosidad. Como no tenía miedo (porque sabía que en ningún caso me iba a disparar porque yo no iba a darle razones para eso) y como ni siquiera hice gesto o ruido alguno que expresara una contradicción interna, una pesadumbre de tener que entregar lo que hasta ese instante era mío y entonces dejaba de serlo, como no podía, tampoco, sentir temor por dos adolescentes aunque uno de ellos estuviera armado, me sentí esa noche estoica, valiente y creí estar curada de espanto. Pero, en realidad, quedé shockeada y en un estado de vulnerabilidad psicológica que, cuando hoy me desperté y salí a la calle, me condicionó a ver cualquier amenaza infundada en la piel de los desconocidos. En sueños reviví el delito, ese mal trago. No sabía lo tanto que esto me había afectado hasta que no lo reviví en sueños.

jueves, 26 de noviembre de 2020

El morir y la muerte

 

Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste”. (Alejandra Pizarnik).

 26 de noviembre, 2020.

 


Me convertí en la persona que de chiquita menos quería ser. Era imposible no llegar a esto, después de todo. Soy el fruto coherente de mis represiones. Mi vida no fue demasiado alegre, he de decir, pero eso tiene que ver con el hecho de que para vivir alegremente una se tiene que desapegar de moldes culturales normativos y estrechos, como los que me proporcionaron a mí en mi tristeza de familia profesional pequeño burguesa (que en realidad era una unión conyugal conformada por dos trabajadores docentes que creían ser mucho más de lo que eran por vivir de una determinada manera, razón por la cual ya en mi propio nacimiento estaban configuradas las raíces de mi posterior neurosis), con la casa de dos pisos, el patio con fresnos, quincho y pileta, los gatos, las pelis berretas de disney en video cassette, la educación católica en un colegio privado de un barrio que, para que vamos a negarlo, es un barrio en el que vive mucha gente careta. Como les xadres de mis compañerites del colegio, a quienes recuerdo como la refracción grotesca de la cultura de lo que ahora comprendo en términos sociológicos como “sectores de ingresos medios”. Gente desapasionada, gente moldeada por la rutina y por las aspiraciones y los miedos culturales (¿qué clase de miedo los lleva a hablar, sino, de “los negros de mierda” con respecto a quienes,  mediante una demostración estética efectuada en el consumo, se quieren diferenciar?), que estiman el hogar como estructura incuestionable y son parte fundamental en la reproducción social de la mierda. Como yo me crié entre gente así, y me dieron las consabidas clases de catequesis que enseñan que coger por la cola es un pecado, que es mandatorio sentir mucha, mucha culpa para llegar a arañar el cielo, que el status quo debe ser preservado a como dé lugar, que los animales no tienen alma, yo tuve que llegar a ser esto que soy ahora a través de una adolescencia retardada, que me pegó en la gran neurosis de mis diecinueve y veinte años, cuando me enamoré de una persona con la que ni siquiera tuve la coherencia necesaria como para no perder su estima en menos de seis meses, siendo yo por aquel entonces una loca hipócrita y mendaz (no pude acompañar a mi pareja cuando más desasosiego existencial estaba atravesando, yo sólo quería vínculos fáciles, nada de problemas ni mucho menos escuchar llanto, pero entonces, ¿para qué jurar amor? ¿Para qué decir te amo? Por suerte ya no creo en esos delirios con que también nos empantanan la cabeza), temerosa del porro porque me hacía “malviajar”, y, por supuesto, re mil reprimida. Como tuve que chocarme contra la pared de mis limitaciones para ver que yo estaba repleta de un vacío enorme al cual, para colmo, cubría con las proyecciones idealizadas de mí misma que existían en la nube de pedos de mi cabeza aislada de todo contexto y realidad social; como encima seguía aún pensándome como un “varón cisexual”, una persona abombada por representaciones sobre lo que debía ser para cumplir con las expectativas de un mandato masculino y no podía dejar de cifrarme en torno a esos conceptos hueros, llenos de vanidad humana; como yo, para seguir agregando datos sobre la lista de disparates que cubrían mi autopercepción de los veinte años, que fue el año de mi gran neurosis, neurosis que curé a fuerza de litros de vino toro (bebidos en lugares y situaciones que forman parte de mi breve huida de tres meses del mundo de la cultura pequeño burguesa que había alimentado mis expectativas de futuro y mi mísera y egoísta construcción identitaria como putito bien criado en Villa Castells, como por ejemplo, la placita de Cosquín desde las diez hasta las doce de la mañana, desayunando el vinito con gaseosa y unas facturas que habíamos reciclado, o en Villa María, a la tarde y hasta quedar totalmente frita e incapacitada para hacer cualquier cosa que no fuera dormir tirada al lado del río) y de sacarme fardos y fardos de una mochila que al final estaba repleta de cosas que no me constituían realmente, pero con las que creía que tenía que cargar.

Ahora que miro el cielo y veo pasar a la gente por la calle, ahora que sé y me descubro como una persona averiada en todos sus rincones, ahora que por fin puedo decir cuál es la verdad detrás de lo que piensa y oye: por fin, por fin soy libre, supongo, y esa libertad me hace sentir que soy demasiado joven, pero que de todas formas la juventud ya se me fue, que no tengo direcciones, que no puedo hacerme cargo de mis cosas, que prefiriría, siempre prefiriría estar muerta. Pero, a diferencia de un amigo que tomo esa decisión (exterminarse) yo no podría hacerlo. Porque le tengo miedo a la posibilidad misma de hacerlo mal, de sentir dolor, de pasar el resto de mis días, si por ejemplo sobrevivo de una caída, cuadripléjica. Sabemos que la muerte no es la solución a los problemas, pero pensamos que lo es porque caímos en la desesperación. ¿No se arrepienten los suicidas de matarse al último segundo? ¿No se quiebran primero que nada las muñecas, porque es un acto reflejo el estirar los brazos e intentar amortiguar el golpe? Tengo la oportunidad de estar en esta tierra, y eso me genera fervor. Tengo la oportunidad de estar viva, aunque envejecer me parezca una perspectiva desoladora. Estar acá me parece demasiado misterioso: soy, después de todo, un conjunto orgánico de moléculas que, en el desarrollo de sus propias funciones, adquirió conciencia de sí y adquirió conciencia de su propia conciencia. Así, de pronto, esta característica que debería servirme para crear alternativas y solucionar mis asuntos es, por el contrario, un arma con la que me apuñalo mis propias entrañas mentales. En vez de construirme un porvenir de libertad, me construyo celdas desde donde habitar una soledad cada vez más deplorable. Los grados de mediatización cultural de mi persona (las redes digitales) me hicieron un daño en la medida en que me considero una desquiciada, y realmente no me interesa mostrar mi vida ni sé precisamente cómo hacerlo. Me interesa, eso sí, como hago en este espacio, narrarla, hacer de ella un marco conceptual desde donde entender el universo, aunque sea en la pobre medida de mis aspiraciones de docente secundaria, de persona que se dedica a tocar la quena en los semáforos, de cocinera de cremonas veganas. Mi estilo de vida refleja, por lo tanto, un grado de privilegios (después de todo, tuve las oportunidades que tuve porque mi familia, contra la cual me quejo, y esto es también una contradicción indeleble en mí, me apoya, me brinda herramientas y una base material económica con la que muy poca gente cuenta) y, a la vez, una grado de desinterés por los caminos oficiales que me permitirían acceder a los correctos y formalísimos trabajos de oficina o de funcionaria pública con sueldos pasables, con prioridad por obtener la jubilación y así poder pasar el resto de mis días lamentando no haberme animado a ser lo que realmente quería.

Sé, entonces, cuál es el camino correcto, el camino que me lleva al cumplimiento de mis anhelos más ocultos. Sé que no soy un hombre y mi estilo de vida es contestario frente a ellos porque, cuando sé quiénes son mis amigos, cojemos y tomamos vino y, el resto del tiempo, me cago de la risa, me cago de la risa de “los hombres que se creen hombres” (la expresión es de Claudia Rodríguez). Mientras más tiempo paso viva más me vuelvo un margen, un ente al que la mirada heterosexual no puede codificar. Y me entrego, porque supe del dolor, al disfrute de los deleites más arcanos, dionisiacos, orgiásticos; aquellos, precisamente, que los adultos serios, embobados de propagandas gubernamentales y que nada saben del mundo porque nunca viajaron, nunca van a conocer porque tienen un miedo real y profundo a la muerte y yo, yo ese miedo ya lo visualicé de frente, ya me lo apropié, lo hice mío al morir mi yo del pasado. Anatta, en pali, o anatman, en sánscrito, es un término que conjura una idea pavorosa: la insustancialidad del ser, de la que también hablé, en su momento, con mi psicoanalista. No hay una coherencia del alma: el ser no se representa como una línea del tiempo que va a de a hacia b y en el camino nunca dejo de ser la misma cosa. Entre a y b (digamos, entre mis dieciocho años y el día de hoy, que ya cumplí los veintitrés) hubo, día a día, una fragmentación, un crecimiento, una desustancialización de mi alma, que, a pesar de querer preservar sus rasgos más conservadores (la comodidad de vivir bajo el ala del amparo paterno y materno, aunque las líneas de ruptura en este aspecto son cada vez más acentuadas), vivió en un estado de perpetua transformación. Y así, llego a decir de mí, en este día, que me perforé el labio y que disfruto del dolor de que me hagan la cola con violencia, que estoy fracturada y que soy una inconclusa sombra siniestra, que sólo reconoce una única realidad de cara a su futuro: que se va a morir. Y, muchísimo peor: que camino a la muerte, su cuerpo se irá cayendo a pedacitos, perderá elasticidad, se volverá feo, desarrollará enfermedades. Y peor que todo lo demás: llegará un punto en el que serás tan vieja que nadie te va a querer coger a menos que le pagues. ¿Ven? En eso consiste pensar en la muerte. Porque, como pensaba a los quince años, y en contradicción con la idea unamuniana del sentido trágico de la vida, no es la muerte lo que tememos, sino el morir: el proceso orgánico que progresivamente lleva a la oclusión de nuestras funciones vitales. ¿Nunca vieron a una persona de más de noventa años? ¿Nunca vieron los detalles guturales de su rostro aterrorizado por arrugas y verrugas? ¡Esa persona, en efecto, está muriendo en vida! Y llega una edad en la que morirse se acelera. Pero no importa. Estoicismo frente al morir y, entre tanto, a disfrutar del sufrimiento que es la existencia como el animal que somos a como dé lugar. 

viernes, 13 de noviembre de 2020

Sobre la desesperación y el suicidio como alternativa

 

A una semana de mi vigesimotercer cumpleaños.

 

12 de noviembre, 2020

“Conocemos a las personas cuando por últimas veces las vemos”

Cancerbero, de la vida como una  película, y su tragedia, comedia y ficción.

"El camino del desarrollo humano comienza en la inocencia (paraíso, infancia, etapa previa de irresponsabilidad). Le sigue el estado de culpa, de conocimiento del bien y del mal, de las exigencias de la cultura, la moral, las religiones, los ideales del hombre, todos cuantos pasan por esta etapa como individuos serios y conscientes, desembocan inevitablemente en la desesperación, es decir, en e convencimiento de que no existe una realización de la virtud, una obediencia total, una sumisión completa, y de que la justicia y la bondad son inalcanzables. Esta desesperación conduce, o bien a la perdición, o bien a un tercer reino del espíritu, a la experiencia de un estado más allá de la moral y de la ley, a la gracia y la liberación, a una especie más elevada de irresponsabilidad, o dicho en una palabra, a la fe. Cualquiera que sea la forma o expresión de esta fe, su contenido es siempre el mismo: que debemos perseguir el bien en la medida de nuestras fuerzas, pero que no somos responsables de la imperfección del mundo ni de la nuestra propia, que no nos gobernamos a nosotros mismos, sino que somos gobernados, y que hay un Dios, o por lo menos «algo» por encima de nuestro conocimiento, a quien hemos de servir y en cuyas manos podemos abandonarnos." 

Hermann Hesse, un poco de teología

Ya no me importa escribir bien, ni escribir cosas coherentes o que sean mínimamente interesantes como para decir, en algún momento, “de todo esto que escribí en mis últimos años puedo llegar a editar un libro”. El objeto-fetiche “libro” está devaluadísimo hoy en día. Me contento, por ahora, con expresar con el más elevado sentido de la sinceridad posible, lo que me conmueve, lo que me atraviesa, lo que me lastima, lo que me vuelve una persona sensible en el entrecruzamiento biográfico e histórico de mi ser encarnado en una ciudad argentina de la primera mitad del siglo XXI: coyuntura en donde vida y sociedad confluyen, una imaginación concebida en los términos de la cultura colectiva, de una lengua (la jerga rioplatense de la castellana), de una simbología “nacional” compartida con mis congéneres por el hecho espantoso de haber recibido una educación (es decir, un adoctrinamiento) en común en los ciclos de formación primario y secundario y un estilo de pensar y de habitar la vida signados por la catástrofe, por la irrupción inmediata de lo que denominamos una crisis.


Me contento, entonces, con dejar por sentado lo que siento, y cómo lo que siento es el fruto de un sentimiento de asombro frente al azar: el azar de haber aparecido en un contexto cuyo pasado se vuelve cada vez más remoto. Dicho asombro, ante la contemplación extasiada de las posibilidades abiertas frente al mero hecho de existir y la observación, el tacto, la experiencia física, para abreviar, de tener frente a mí este continente sudamericano con sus sabores y colores, con sus paisajes de ensueño, con su pueblo jocundo, jaranero, amante del alcohol y dado a la amistad; dicho asombro me puso en una encrucijada y me determinó hasta tal punto que ahora, así como tengo la alegría tallada en la frente, la alegría de tener con quien compartir un vino y un porro, la alegría de bailar descalza en carnaval en noches de febrero al aire libre, tengo también las cicatrices de innumerables caídas y también las cicatrices que me infrinjo a mí misma al morderme y rasparme los dedos, cicatrices que son una manifestación corporal de la angustia de vivir en una trama social que se desangra, que no me ofrece ninguna expectativa en relación a mi futuro individual pero tampoco, en relación a nuestro futuro colectivo como habitantes de un país en el que lavarse las manos pareciera ser para sus gobernantes la única estrategia política. ¿Pero en dónde no es así? ¿En dónde, por orden del dinero, no se deja morir a la gente de hambre? La normalidad que asumimos como el único orden posible de la vida es, aún en su camuflaje, un infierno de felonía, un contrato social enfermizo pactado a fuerza de pastillas.

Yo no quiero decir nada más, por ahora, de lo que ya dije: después de todo, ¿no será que siempre estoy repitiéndome? ¿No será que todas mis páginas de quejas y amargura son, al final, una única y redundante página? Para qué existo, me pregunto, y mis ojos se pierden extasiados contemplando un edificio demasiado alto, un conjunto de nubes, una palmera solitaria sobre un cielo atardecido. Para qué existo, quiero saber, y entre tanto recuerdo la sensación esa tan enigmática que se siente cuando deseas a un hombre y ese hombre te desea, no hablaron todavía acerca de eso pero ya se siente en el cuarto y entonces más fácil que hablar es chapar y todavía recuerdo, y no comprendo, por qué es tan lindo chaparse a un hombre.

La vida pasa mientras mueres”, como canta el mc chileno. “El tic tac no se detiene”. ¡Quién pudiera, después de todo, comprender, en ese punto en que se cuestiona el camino recorrido, en que evalúa el pasado y no encuentra nada bueno, que, sin embargo, no cambiaríamos nada, en absoluto nada, de la persona que llegamos a ser en el presente! Los errores parecieran constituirnos, pero depuramos cuanto hubo de perverso en ellos y preferimos observar el aprendizaje, el inevitable aprendizaje que nos quedó. “¿Quién puntúa tu accionar?”. ¡Quién puntúa, quién evalúa tu accionar! En fin: ¿Qué más nos queda, no, sino asumir que somos una ruptura, una gran grieta, que somos contradicciones parlantes, que no podemos tomar decisiones sanas y que el ímpetu por agilizar nuestra autodestrucción siempre es más placentero? Pienso en noches que dormí mirando las estrellas, en medio del monte. Pienso en noches de las que no me acuerdo porque estaba borracha (entonces, ¿qué pienso al pensar en esas noches? ¿Una neblina, una sucesión de ráfagas etílicas?). Quisiera desaparecer pero, lamentablemente, no se puede antes de tiempo.

Sí se puede, qué estoy diciendo. Hace un par de día me enteré del suicidio de un amigo. Pude escribir de esto en mis cuadernos pero, por alguna razón, dejé de ser “sincera” en mis cuadernos (en cambio, cuando escribo “a máquina”, sobre el procesador de texto, mis ideas fluyen con pedazos de vísceras pegoteados a ella, y pareciera que siempre estoy diciendo la verdad, aunque también esto es un engaño) (no se puede decir la verdad a través de las palabras). Me enteré del suicidio de un amigo y yo pensé: “por qué, no, no puede ser”. Pero yo misma soy apologista del suicidio: mi única convicción política es que para solucionar nuestros problemas yendo a la raíz de lo que los origina, necesitamos, como humanidad, pactar un encuentro global sincrónico para el suicidio en masa. Entonces, la humanidad acabaría con su autoexterminación: ¡y sería tan poético, y a la vez, tan noble! Reconocer que la humanidad, como proyecto, perdió su rumbo hace cinco siglos, que ya no sabemos qué hacer, que nos matamos a como dé lugar, que solo nos queda pensar en dinero, que en algunos lugares del mundo recogen cadáveres en camiones, que al inmigrante lo miramos raro, que al viejo lo escuchamos sin prestarle atención, que no recordamos nuestros sueños, que vendemos la imagen de nuestro cuerpo en redes digitales, que mercantilizamos el amor, que del erotismo hicimos pornografía (no quiero sonar anticuada con todas estas convicciones, son, solamente, lo que más pena me genera de no haber nacido hace tres mil años para poder sentir mi cuerpo hiperestesiado en una orgía verdadera). El suicidio masivo como acción política es, por supuesto, una ilusión absurda de mi cabeza deprimida. Pensar, entonces, que se suicidó un amigo y, ¿qué me queda por decir? ¿qué más puedo decir, al respecto, que no sea, te admiro, respeto tu decisión, comprendo que sufrías, y ese sufrimiento del que me hablaste la última vez que te vi era tan real, aunque yo te pregunté si me podía reír de lo que me contabas, porque soy una puta vanidosa y realmente me parecían ridículos tus problemas mentales, y vos me dijiste que sí, y te reíste conmigo aquella tarde caminando por la placita de tres y quinientos veintiocho después de que unos milicos nos echaran de la rambla de treinta y dos por comer chocotorta de una misma cuchara siendo el año de la peste? ¡Te reíste conmigo de tu esquizofrenia no diagnosticada! Y me contaste, las tres horas siguientes, en mi pieza, mientras oscurecía, cómo te obsesionaste con el chongo, que te dio a probar pepas, que cuando llegabas a su casa le pedías que te armara un porro, que estabas celoso, que te hacía sentir inseguro porque te decía que se la chupabas mal pero, sobre todo, porque veías forros tirados en su pieza y vos no podías aceptar que cogiera con otres que no fueran vos. Le limpiabas la casa mientras él se iba a trabajar. Era la única persona a la que veías por fuera de tu familia. Pero él se cansó y te pidió que te consiguieras una vida, que no podía ser que todo lo que hacías girara en torno a él. Y te expliqué, entonces, que por más que te doliera, él tenía razón. Tenías que sentirte bien con vos mismo primero. Tenías que valorarte a vos primero. Vos tenías que ser el eje de tu propia vida, y no un loco cualquiera que te compartía su droga y te hacía sentir placer. Cuando fumabas te visualizabas como otras personas, me habías contado más temprano, y en ocasiones, como un mueble, como una silla (y es por esto que te había preguntado si me podía reír de lo que vos me presentabas como “los descubrimientos” que el porro había llevado a tu conciencia). Te pregunté qué relacionabas con una silla y me dijiste que sentías que vos estabas ahí como si él no te registrara, como si fuera parte del decorado de la habitación. O al menos así comprendí que te sentías. Pero vos lo buscabas, y lo necesitabas para sentirte bien. Le pedías que te dijera que te amaba. Pero esas cosas no se piden. Le insistías y no podías pensar en otra cosa: necesitabas que él te diera esa seguridad, que no te abandonara. Después de diez minutos, o incluso más, insistiendo, él tuvo que conciliar: te dijo que te amaba. ¿Y eso para qué? Unas horas después vos te estabas riendo, me contaste, mientras te cogía. Y que durante los últimos cinco meses, cinco meses en los que fue a la única persona que viste, te había hecho sentir un placer que hacía años nadie te había hecho sentir, un placer nuevo, un placer diferente. ¿Cómo llegaste a obsesionarte de esa forma? Al final te pidió que consiguieras un trabajo, que tu vida no girara en torno a él (que eso, además, ya le había pasado con otra persona en el pasado). Y yo volví a explicarte: no podías dejar que otra persona fuera tu bienestar. Y te acompañé caminando de nuevo hasta tu barrio, cruzando el arroyo de El Gato que divide a Ringuelet por la mitad. Te saludé y quedamos en que nos íbamos a ver con más frecuencia. Pero entonces, una semana más tarde, te envíe un mensaje que nunca te llegó…


Así, me llevo el año con el suicidio de un amigo. Y la devastación espiritual que esto me genera es demasiado difícil de describir y de circunscribir en palabras. Es más como una nota de advertencia: él nunca me planteó que estas ideas sobre la muerte pasaran por su cabeza; y yo, que siempre pienso en matarme, e incluso lo declaro, lo digo en voz alta, en el fondo sé y estoy segura que no podría matarme, porque considero que la vida es un mal sueño y que no sirve de nada intentar apurar su desenlace. Si pienso, por ejemplo, cosa que pienso de vez en cuando, que en la próxima vida voy a despertar en otro cuerpo, en otro ser humano, prefiero mantenerme aún en esta vida que ya está por alcanzar veintidós años en la galaxia de la cultura porque, desde esta posición, que es una posición de experiencia, comprendo muchas trampas de las que fui presa y experimenté mucho dolor del que de a poco voy sanando. Renacer sería empezar de cero, ignorante y ciega, volver a caer en esas trampas, pasar por otra tanda de sufrimiento infantil y adolescente. Por lo pronto, me quedo acá.

Pero tampoco puedo, de nuevo, estigmatizar el suicidio porque me sigue pareciendo una opción igual de válida (por más que, como me dijeron, genere dolor en tus personas queridas). Puede que a veces no tomemos la decisión más acertada, o la decisión que mejor le hace a les demás. Y aún así, es la decisión que queríamos tomar, es la decisión que más se ajustaba a eso que al principio nombré como “sentido de la sinceridad”. ¿Qué más nos queda hacer? Me puede doler que vos te hayas matado, me puede doler considerar que tu sufrimiento de hoy sería, en el plazo de unos años, objeto de risa para vos mismo. Pero evidentemente, te sobrepasó y no lo pudiste soportar. Dediqué una hora de silencio en tu memoria, enterré una flor de tu color favorito en una maceta (como vivo en departamento no pude enterrarla en un patio) e incluso prendí una vela. Todo eso me parece más vano y absurdo ritual, puro compromiso conmigo misma, con mi necesidad de aliviar la culpa de no haberte escrito uno o dos días antes, a principios de julio, antes de que eligieras exterminarte; al escribir estas líneas, en cambio, siento que es sinceridad lo que me mueve, siento que es más real que todo lo demás que estuve pensando y diciendo sobre vos en los últimos seis días. Siento, a la vez, que estoy en condiciones de respetar tu suicidio, de no pensar que fue una mala alternativa (¿hay alternativas buenas? ¿por qué una es siempre considerada peor en relación a las demás, si la vida en sí misma es una mierda?), de no sentir remordimientos porque no dimensioné lo mal que estabas. Pero es así: la persona que se reía de sí misma aquella tarde que nos juntamos a comer chocotorta, que me mostraba su capacidad por ironizar sobre lo que estaba viviendo, en ningún momento manifestó la intención de matarse…

 

“lo juro por los que no soportaron

todo el peso de la vida,

jodida pero siempre hay salida

no hay peor tormento

que tu mente atormentándote

los malos pensamientos

ya estan masticándote

a veces es momento de soltarte

1 minuto de mas y te fuiste

si captaste mi mensaje no es pa que estés triste”

(CkLIFA, psicótico).

jueves, 5 de noviembre de 2020

 

Consideraciones sobre la discriminación y la burla a las personas gordas en RuPaul’s Drag Race. El caso de Mystique Summers (temporada 2).

31 de octubre / 5 de noviembre, 2020. 17:03 hs. X Lihuel Sankari

Introducción.

El siguiente artículo va a proponer unas líneas de reflexión a partir de un hecho del que ya gran parte de quienes vemos el reality show de drag queens conducido por Ru Paul estamos al tanto: la edición, el montaje de las escenas y, por así decirlo, la línea que conduce al equipo que produce y dirige el programa está estructurada a partir de sesgos que marcan las pautas y definen las características que debe tener la participante destinada a ser la próxima “superestrella” drag de los Estados Unidos en relación a su aspecto, a su físico, a su personalidad, su sentido del humor, sus capacidades (para coser, maquillarse, actuar, cantar, bailar, etcétera). Para ilustrar estas cuestiones que reflejan las características discriminatorias de la lógica que promueve la elección de las finalistas del certamen (que, conocerán, en cualquier caso, excepciones y momentos de mayor apertura a personalidades drag que se hallen en las líneas de fuga del modelo hegemónico que aparece enfatizado en las primeras temporadas del reality, siendo el caso paradigmático de la búsqueda de una drag queen que representara un estilo tradicional basado en la caracterización estereotipada de la belleza femenina la temporada estreno de 2009, en donde la ganadora, Bebe, se impuso frente Nina Flowers que traía un concepto mucho más andrógino y, de alguna manera, transgresor de drag) voy a tomar un caso que me resultó demasiado rancio, en la medida en que se desplegó un tratamiento signado por la burla, la estigmatización y la reproducción acrítica de construcciones sociales discriminatorias con respecto a las personas gordas. Me refiero al tratamiento recibido por Mystique Summers, participante de la segunda temporada de Ru Paul’s Drag Race, estrenada en 2010, por parte tanto de las demás participantes como de la producción y la conducción del programa. No se ocultó, en ningún momento, el grado de violencia simbólica y psicológica que ejercieron sobre Mystique; por el contrario, esta fue enfatizada y, en el capítulo tres de esta temporada (capítulo en el que ella fue eliminada del concurso tras performar su lypsinc for her life frente a Raven) la edición, a través de distintas decisiones tomadas durante el montaje, se encargó de dejar bien en claro que su obesidad así como era un objeto válido para la burla (manifestada a través de elementos como, por ejemplo, los comentarios detrás de escena de las otras participantes) era también una excusa justificadora de que, por más que ella pusiera todo su empeño en ganar el certamen, este no era un lugar adecuado para ella en función de su peso y del aspecto de su cuerpo.


Mystique Summers fue la tercera eliminada en la segunda edición de RPDR. Pero la forma en la que fue tratada por las demás concursantes lograron que su paso por el reality show resulte penoso de ver: de fondo, la cuestión de la estigmatización de las personas gordas en la comunidad gay.

Un antecedente: el tratamiento recibido por Ongina y Nina Flowers en la primera temporada (2009).

Las siguientes reflexiones parten de un video-ensayo escrito y locutado por el youtuber U., quien ha dedicado ya horas de contenido crítico relacionado a RPDR. El contenido audiovisual de su canal puede ser visto como una disección analítica del repertorio de prejuicios y de ediciones sesgadas y, en ocasiones, discriminatorias que animan a la producción y al detrás de cámara del reality show conducido por RuPaul. Ya quedó dicho: la búsqueda de la próxima “superestrella” drag de los Estados Unidos obedece a parámetros estéticos, sobre todo en las primeras ediciones del show, direccionados a la personificación de estereotipos de belleza, maquillaje, corporalidades, vestimenta y modelaje femeninos. Así es que en la temporada estreno del certamen nos encontramos con la participación de Ongina y de Nina Flowers, dos drag queens cuyo estilo personal no se ajusta precisamente a la línea favorecida por los “parámetros estéticos” (bajo los que se esconde una postura política con respecto a qué clase de drag debe prevalecer en el certamen) que sostienen los productores y los directores del programa (incluyendo a RuPaul). U. señala, en su ensayo audiovisual sobre The mistreatment of Nina Flowers and Ongina on Season 1, que, tras revisar las devoluciones que el jurado realizó sobre la actuación y el modelaje de estas participantes, pudo verificar, en múltiples ocasiones, una crítica parcial y en cierto modo viciada, dirigida a hacerles notar el carácter “masculino” del drag que ellas realizan. A lo largo de toda la temporada Ongina y Nina recibieron críticas, mayormente negativas, referidas a la masculinidad de sus aspectos en las distintas presentaciones del certamen. No obstante, dice U., deberíamos considerar desde un primer momento, y más en un reality show elaborado sobre la base de una temática relacionada con la cultura queer estadounidense, que las nociones relativas a lo masculino y a lo femenino son sumamente subjetivas y no deberían darse por sentado: ¿no son, después de todo, nociones derivadas de una construcción de la cultura y de las sociedades modernas que el drag, si lo consideramos como lo que fue en sus orígenes, es decir, como una práctica contracultural propia de grupos marginados política y sexualmente de los ámbitos públicos privilegiados –como por ejemplo los modelos de familia tradicionales o el ejército y la marina– de los Estados Unidos, apunta a problematizar, a desfigurar, a constituirse tanto como un juego de roles, una burla y una parodia sobre los modelos de comportamiento estatuidos por el mandato compulsorio de la heterosexualidad –retomando el concepto introducido por Wittig de que la heterosexualidad es un régimen político-  así como un campo privilegiado para la desmitificación y la desesencialización del género?




Ongina recibió críticas en el primer capítulo de RuPaul's Drag Race por parecer “a little boy” antes que “a little lady”…

Teniendo esto en mente resulta chocante que, como observa U., en el primer episodio del reality que RuPaul conduce la crítica que dirige a una de sus participantes, Ongina, sea, textualmente, la siguiente: “I was very impressed, althought, when I see you I still see a little boy, I’d see more of a little lady” (“Me has impresionado muchísimo, sin embargo, aun veo en vos a un pequeño chico, y me gustaría ver más a una pequeña dama”). Considerando, dice U., el rol de RuPaul en la comunidad drag estadounidense, podemos notar la tensión entre dos concepciones en torno al arte performativo consistente en generar una ilusión o una ficción del género a través del vestuario, el maquillaje y la exageración de ciertos rasgos asociados a la feminidad: porque así como Ru no deja de ser una figura icónica en el contexto y en la historia de esta manifestación cultural (y el hecho de que sea la persona que tomó para sí la tarea de conducir el primer reality show televisivo de temática drag es significativo en este aspecto) su carrera como drag queen consistió, sin embargo, en lucir como una mujer, y, yo añadiría, como una mujer hegemónica. Esta iconicidad de RuPaul como la artista drag más reconocida a nivel internacional obtura, en cierta medida, la representatividad y la posibilidad de imaginar la heterogeneidad de tradiciones, estilos y alternativas más contrahegemónicas que caben dentro de esta categoría artística o cultural: no todas las drag queens, o todas las personas que hacen drag a través de una personificación asociada a la feminidad, tienen por qué partir de un énfasis tan exagerado en la asunción de rasgos tenidos como femeninos en los marcos de nuestra construcción “occidental” o, mejor dicho, “moderna” del género; de hecho, contamos hoy con la irrupción en 2017 de Dragula, un reality show conducido por los Boulet Brothers que auspicia la participación de aquellas drags cuyos personajes son la asunción y la encarnación de valores más bien contrarios a los preconizados por la cultura oficial de los Estados Unidos: la monstruosidad, lo asqueroso y repulsivo, lo alienígena, las afectaciones eróticas sadomasoquistas (BDSM), descentrando así el eje del glamour de la pasarela de moda femenina con su preferencia por los cuerpos escuálidos y las cinturas diminutas (cuestión sobre la que vamos a volver al problematizar, a través del tratamiento que Mystique Summers recibió en la segunda temporada de la Drag Race de Ru Paul, qué sucede cuando una persona estigmatizada por gorda participa de una competencia drag capitalizada por concursantes delgadas). Resumiendo el punto, en el momento en que RuPaul cuestiona a Ongina por parecer un “chico” y no una “dama”, su opinión, por más subjetiva que sea, cancela (en los términos circunscritos al reality que lleva su nombre y su marca registrada) la posibilidad de la representación de un drag diverso: cancela la posibilidad de pensar para sus concursantes que el drag no sea otra cosa que la personificación exagerada de los rasgos asociados a la construcción social de una mujer cisgénero.


En el cuarto capítulo Nina Flowers recibió críticas en el mismo sentido: no parecer una mujer.

Este tipo de devoluciones son recurrentes a lo largo de toda la temporada estreno del certamen y son dirigidas, enfáticamente, a aquellas dos participantes, Ongina y Nina Flowers, cuya personificación drag es más andrógina y, en cierto punto, transgresiva en términos culturales (basta pensar la asociación entre Nina Flowers y la caracterización de su aspecto bajo la etiqueta “punk”). De la misma manera, se observa en la insistencia con que a otra participante, Jade, se le critica en más de una ocasión que se le nota el bulto: en el capítulo final de la temporada (en el que se reúne a todas las participantes para conversar sobre su participación en el programa y tener la oportunidad de un “derecho a réplica” frente a los jueces y al propio RuPaul, así como de zanjar conflictos que hubiera habido entre ellas) RuPaul justifica haber mencionado la cuestión del tucking (la técnica consistente en ocultar los genitales masculinos) en las devoluciones pues se trataría de una faceta “legítima” en la vida de una drag queen (“it’s a legitimate part of a drag queen life”) e incluso le cuestiona a Jade que ello la molestase. No obstante, Jade no se halla de acuerdo con respecto a la necesidad de dicha crítica: “obviously when you are dressed as a woman you don’t wanna be…you know, ask a question about your penis, it’s very embarrasing” (“obviamente, cuando vas vestida de mujer no querés que te hagan preguntas sobre tu pene, es muy incómodo”). ¿Por qué una drag queen tiene la obligación de esconder el bulto, o bien, por qué hacerlo es parte de una “legitimidad” propia de la vida de quien personifique a una mujer? Volvemos a encontrar en los criterios de RuPaul (explícitamente expuestos como los criterios legítimos del drag) una serie de sesgos o preconceptos relacionados a la realización del buen drag femenino que son, de forma inmediata, una negación de cualquier posible ambigüedad con respecto al género: la drag queen, en su labor ilusionista, tiene la obligación de presentarse a escena escondiendo cualquier seña disruptiva si lo que quiere es lograr una “adecuada” figuración anatómica del cuerpo femenino. Sin embargo, ¿cómo sostener la idea de que la representación de las mujeres y de lo femenino supone ocultar la presencia del pene o de cualquier bulto en la entrepierna sin negar, silenciar y borrar de dicha representación las existencias trans e intersex? De la misma forma que cuando Merle Gingsberg, jurado de la competencia, critica la apariencia de Nina Flowers en el cuarto episodio en los siguientes términos “your arms give-away a man, the chest give-away a man and i’m not reading any woman at all” (“tus brazos revelan a un hombre, el pecho revela a un hombre y no estoy leyendo nada propio de una mujer”), la recepción de las participantes en el programa está cifrada por las expectativas, por parte de RuPaul y la bajada de línea de la producción (¿no queda este hecho clarísimo cuando, como apunta U., tras el lypsinc del quinto episodio entre Ongina y Bebe, RuPaul, sin lograr decidirse entre una de las dos, se levanta y va atrás de escena a deliberar con nada más ni nada menos que los productores quién se va y quién se queda en el programa?) de que la ganadora de la competencia deberá ser una drag queen capaz de ofrecer una personificación de lo femenino, tal cual supo hacerlo RuPaul durante toda su carrera, sin ambigüedades, que no cuestione en lo más mínimo el carácter diseñado y construido de la feminidad en la cultura del capitalismo moderno, así como la representación asociada a las mujeres biológicamente definidas por la medicina científica en función de datos corporales proporcionados por la fisiología, los genitales o la producción hormonal de estrógeno. ¿Quién, en el marco de la primera temporada, fue recompensada a partir de la asunción de ese ideal de drag femenino? Precisamente, responde U., la ganadora del certamen: BeBe Zahara Benet. En el contexto de la competencia fue vista como la participante más idónea para “continuar” con el legado de RuPaul desde la antedicha identificación monolítica de la cultura drag con respecto a cómo un hombre gay debe encarnar un personaje femenino y  su feminidad. Lo que podría ser visto, en mi opinión, como la captación de un fenómeno que comenzó siendo contracultural y contrahegemónico por las dinámicas orientadas al mercado del capitalismo estadounidense, una forma de vaciamiento político de una práctica cuyo origen era impensable aislada de este componente radical y contestario dentro de la comunidad queer: el reality show de RuPaul es un espacio de mercantilización de las identidades, un lugar en el que lo que se adquiere en términos de visibilización de la diferencia sexual y de la comunidad gay estadounidense, así como de cierta parte de la comunidad de performers drag, queda contrarrestado por el desguace y el silenciamiento de cualquier posible elemento subversivo o capaz de ofrecer cualquier grado de crítica con respecto a las normativas de la sociedad heterocapitalista; así, lo que queda es un mero show televisivo, un objeto destinado al consumo compulsivo y acrítico, una mercancía audiovisual diseñada en relación del atractivo que pudiese suscitar entre las personas gay. Cabe aclarar, para terminar con esta breve contextualización de lo que hay en juego detrás del reality de RuPaul, que esto no supone una crítica individual a la ganadora, Bebe, porque para mí ella era merecedora del premio y es poseedora de habilidades y de una trayectoria profesional que me resultan admirables. Ahora bien, esto no quita que detrás de las razones de su elección como la primera “superestrella” drag de los Estados Unidos (ante la otra finalista, Nina Flowers, cuya recepción por parte del jurado fue despectiva en los términos “no parecés una mujer realmente”) encontremos una lógica propia del reality show y una serie de definiciones con respecto al drag que nos es dado exponer críticamente para concluir, junto a U., que RuPaul’s Drag Race termina ofreciéndonos una visión uniforme y desproblematizada de la cultura y de las identidades queer, perpetuando estereotipos con respecto a cómo deben ser, verse y comportarse los hombres no heterosexuales y bloqueando a su vez la posibilidad de pensar alternativas genuinamente diversas para pensar la representación de lo femenino y de las feminidades.   

Burla y discriminación a las personas gordas en RPDR: el caso de Mystique Summers Madison (2010).




Mystique Summer Madison, la única ‘big girl’ seleccionada para el casting de la segunda temporada de RPDR, supo desde un primer momento a qué se enfrentaba en un ambiente apestado de gordofobia. Demostró orgullo por su cuerpo y su estilo de vida frente a las actitudes y comentarios que la producción se encargó de mostrarle al público, especialmente, en el episodio en que ella fue eliminada del reality.

La segunda temporada RPDR se estrenó en la TV estadounidense el primero de febrero de 2010 y expandió su elenco de participantes de nueve a doce drag queens. Entre ellas no encontramos a Mystique Summers Madison, quien fue eliminada en el tercer episodio de la temporada al enfrentarse en la instancia eliminatoria a quien terminaría siendo la semifinalista de la competencia: Raven. Si pensamos de forma inocente con respecto a las reglas del concurso, nada nos llamaría menos la atención: después de todo, Shangela fue la primera en ser eliminada (y en esta decisión fue influyente el hecho de que había comenzado en el drag, según sus propias palabras, seis meses antes de que se filmaran los capítulos de la segunda temporada de DR, por lo que contaba con muy poca experiencia en comparación con las demás concursantes); de la misma manera, Nicole Paige Brooks fue eliminada en el segundo episodio después de que recibiera críticas tanto por su desempeño en el maxi challenge de la semana como por su vestuario. No obstante, tras analizar las dinámicas de selección y filtro que se aplicaron durante su primera temporada, sabemos de sobra que las reglas de este concurso no funcionan con objetividad ¿En qué sentido la eliminación de Mystique nos orienta a pensar que, como sucedió en su primera temporada, las lógicas que operan por detrás de la búsqueda de la próxima “superestrella” drag de los Estados Unidos obedecen a una serie de concepciones excluyentes con respecto al ideal sobre la personificación de un modelo femenino que terminará siendo coronado? ¿Qué tipo de segregación de los cuerpos se manifestó en las decisiones tomadas en la tercera semana de la segunda edición de la competencia conducida por RuPaul? Detrás de la eliminación temprana de Mystique se puso en juego un aspecto medular en la construcción de los valores asociados a la belleza propios de las sociedades modernas y del heterocapitalismo: la gordofobia, la estigmatización de los cuerpos gordos. Y no es que estemos hablando de algo implícito u oculto; por el contrario, son los propios conductores y editores del programa quienes se encargan de hacérnoslo saber, como diciendo: “miren este cuerpo obeso, la elegimos para que haya más visibilidad en nuestro programa; sin embargo, todes sabemos que aquí no hay lugar para que alguien como ella siga avanzando en una competencia en donde lo que buscamos son cuerpos drag modélicos, esculturales o, por lo menos, delgados”. En un momento del capítulo en el que Mystique fue eliminada nos muestran un detrás de cámara, una de esas tomas en las que, después de grabado el episodio, las distintas participantes dan su opinión o punto de vista sobre lo ocurrido (confessionals). Vemos a Raven, la semifinalista y en esta ocasión, la encargada de eliminar a Mystique en el lypsic del tercer episodio, diciendo lo siguiente: “i’m not going home against Mystique”.Efectivamente, el oprobio que hubiera sentido Raven tras su eliminación hubiera sido mayor por el hecho de haber sido eliminada por una persona obesa, teniendo ella un cuerpo flaco, un cuerpo codificado socialmente como deseable. Es la propia narrativa, el orden de las escenas priorizado durante el montaje, el que nos revela la línea editorial que rige a este mundo del espectáculo gay. Vamos a hablar, por lo tanto, sobre lo que en nuestra realidad cotidiana sucede con los cuerpos gordos y como la construcción del deseo en las sociedades heterocapitalistas. Para ello, voy a citar la colección de ensayos y vivencias La cerda punk (2014) de la activista constanzx alvarez castillo. Yo, que no soy una persona que haya vivido situaciones de discriminación y burla por mi peso corporal, no puedo hablar en primera persona y en representación de las personas que sí sufrieron esa forma de opresión; puedo hablar, por el contrario, de procresfobia, de ese miedo a engordar que funciona como la contracara de la estigmatización de los cuerpos gordos (y lo digo porque yo en el año 2017 masticaba y escupía facturas para sentir el sabor sin tener que introducir esas masas de harina azucarada en mi cuerpo, mintiéndome a mí misma que de esa forma evitaba acumular grasa en mi cuerpo y tratándose, en realidad, de una actividad alimenticia dañina originada en estas mismas coordenadas psicosociales que moldean nuestras subjetividades desde pequeñes a través de la violencia publicitaria y que imprimen en nuestras mentes medidas corporales asociadas a qué cuerpos son objeto del deseo y qué cuerpos no) y si ahora mismo puedo hablar de estos temas es porque yo misma tuve que revisar, en instancias introspectivas de mi vida personal y en una revisión crítica de mi pasado, mi propia gordofobia internalizada, acerca de la cual hasta hace unos años no contaba con las herramientas analíticas como para poder hablar de ella, comunicarla, hacerla visible y, de esa manera, refutarla, obtener una conciencia superadora sobre cómo fue estructurado mi inconsciente y mi imaginario sobre lo social. Considero, desde el primer enunciado de este ensayo, y a partir de las precisiones y definiciones sobre la gordofobia que ahora paso a detallar, que Mystique Summers fue blanco de burlas y de comentarios hirientes con respecto a su gordura, sobre los que ella desde un primer momento estuvo al tanto y ante los que también supo oponerse y ofrecer resistencia (por lo que estoy planteando todo lo contrario a que Mystique haya sido “víctima pasiva” de una agresión que hubiera afectado su performance en el reality show, porque ella manifestó desde un primer momento un conocimiento sobre los mecanismos de segregación que existían en el ambiente y desde que entró al concurso ofreció una reapropiación crítica y contestataria de su gordura, manifestando “fuck them skynny bitches…it’s a big girl’s world”). Ongina y Nina Flowers recibieron críticas del jurado por parecer “masculinas”, por no entregar “feminidad”; sin embargo, ¿no hay un mayor grado de violencia en el tratamiento que recibió Mystique en la medida en que su participación en el concurso fue cuestionada y, en ocasiones, hecha un objeto de burla, por parte no tanto del jurado sino de las demás participantes? Tras definir de qué hablamos al hablar de gordofobia abordaremos los ejemplos concretos que dan cuenta del grado de odio y aislamiento que Mystique sufrió durante su breve participación en el programa.




Para el mini challenge del segundo capítulo las participantes debieron formar parejas para rediseñar el vestuario de una muñeca: ¿qué tan “casual” fue que Mystique tuviera que trabajar sola en esta instancia? ¿Por qué nadie quiso hacer equipo con ella?

Gordofobia: ¿cómo funciona la producción del deseo en el heterocapitalismo?

constanzx alvarez castillo planteó la necesidad de descentrar la supuesta individualidad de la problemática concerniente a la gordofobia, en la medida en que en nuestras sociedades existe “un conflicto cultural, social y político que se encarna en lxs cuerpxs gordxs generando prejuicios valorativos”. La gordofobia, desde un “discurso con tinte social y activista” es, para la autora de este libro (La cerda punk) en el que expresó su pensamiento político y disidente (elaborado en las múltiples confluencias de su activismo antiespecista, transfeminista, gordx y sudaca) “un problema más bien de corte social y no individual”. Para constanzx, ante la perpetuación de un estereotipo asociado a las tipificaciones existentes sobre los cuerpos por su peso corporal se generan prejuicios, actos de valoración negativa que generan “un tipo de rechazo social manifestado en conductas de discriminación”. La división establecida en el mismo acto subjetivo de la mirada que parcela el entorno social y divide los cuerpos entre “gordxs” y “delgadxs” pareciera justificar actitudes discriminatorias que no tienen necesariamente que ser explícitas: pueden ser, también, actitudes indirectas consistentes en el bombardeo publicitario que nos presenta a cada instante la deseabilidad y la supuesta “superioridad estética” de ser delgadx o en la adopción de una mirada patologizante y paternalista en relación a las personas percibidas como gordxs.  Y esto es así al punto de que, si consideramos las características negativas que adquiere la enunciación del significante gordx, resulta muy difícil disociar esta palabra de connotaciones relacionadas a la vergüenza, a algo que debe ser ocultado, algo que está mal y, que además, habilita constantemente oportunidades tanto para el insulto como para la burla. Detrás de la agresión verbal, de la burla, del bulling opera “una forma de control impresionante” que, por otra parte, resulta invisibilizada frente a otras modalidades de opresión. Así, identificar los comportamientos gordofóbicos normalizados en la educación que recibimos y habilitados en el espacio público resulta muy dificultoso en la medida en que esta forma específica de discriminación referida al peso corporal aparece justificada como un problema individual (pp. 37-40).



¿Por qué es menospreciada la participación de un cuerpx gordx en una competencia capitalizada por personas flacas? ¿Por qué un cuerpx delgadx es más deseable que un cuerpx gordx según lo estipulan los aparatos comunicacionales de nuestras sociedades cruzadas por una producción del deseo heterosexual y capitalista?

Tras estas consideraciones que, como decía, recupero a través de la lectura y la cita de un texto escrito por quien vivió desde joven una discriminación relacionada con su cuerpo gordx (no me corresponde a mí, reitero, hablar en representación de estas opresiones y me corresponde informarme y prestar atención a quienes sí las representan y encarnan para poder desarrollar las razones por las que considero que Mystique Summer fue violentada a través de una discriminación dirigida a su cuerpo) nos es preciso señalar que vivimos en una sociedad en donde la heternorma se conjuga con distintas formas de opresión (las construcciones de género basadas en el binomio masculinidad / feminidad y de origen en la modernidad europea, así como, de mismo origen, las construcciones basadas en las categorías raciales y las categorías de clase social) para generar un poder que, como decía Foucault, no se ejerce de forma unilateral por parte de los estados desde arriba hacia abajo, sino que tiene la facultad de normalizar sus prácticas y opera instaurando las condiciones de posibilidad para la construcción de la verdad y de los discursos sobre lo que es bueno, lo que está bien, lo que es deseable, lo que es visible. Los cuerpos gordxs, para ejemplificar esta noción de lo que significa el poder normalizador, son cuerpos oprimidos en la medida en que se ha diseñado un relato (propio de nuestras sociedades modernas y heterocapitalistas) que nos reitera, desde el momento en que nacemos y nuestro inconsciente se empieza a estructurar en un contexto cultural, que lxs cuerpxs gordxs no son buenos, ni deseables, ni saludables, ni bellos y, ni siquiera, visibles. “Ningún concepto es ‘natural’, todos han sido construidos por procesos categoriales y responden a constructos socialmente edificados. Por lo tanto, la belleza es un atributo aprendido culturalmente. Lo delgado es lo bello en la cultura occidental y en aquellas que hemos sido colonizadas, modificando y blanqueando nuestros cuerpos para parecernos más al genocida”. Así es que “los cuerpos delgados son cuerpos legitimados y privilegiados en una sociedad ‘delgada’ en donde todo lo grasiento pierde puntos en su escala del deseo, la tez grasa, el pelo graso, el sudor, el brillo en la piel, son atributos poco deseables y de ocultamiento” (p. 40). Yo misma fui, debo añadir a este punto, desde mi lugar privilegiado de persona delgada, alguien que implícitamente ejerció violencia hacia les demás y también, como conté más arriba, hacia mí misma, teniendo prácticas relacionadas a la anorexia y al miedo a engordar: masticar y escupir alimentos. ¿Por qué, desde la construcción de mi subjetividad, a mis 19 años prefería lastimarme a mí misma tomando una actitud de riesgo frente a la comida, siendo incapaz de disfrutarla por tener en mente un mandato implícito relacionado con la delgadez?  Desde el momento en que escribo estas líneas me planteo la necesidad de revisar críticamente mi pasado y de refutar esa introyección de los valores impuestos por la “normalidad” (que de normalidad no tiene nada) heterocapitalista.

Un relato donde la gordofobia funciona como línea narrativa.

El mini challenge del tercer capítulo de la segunda temporada de RPDR se introduce un elemento asociado a la construcción de los estereotipos sobre la gordura: la relación con la comida y con el acto de comer. En un primer momento, las participantes deben adivinar si lo que están comiendo era pollo o algo distinto: chicken or what? Cuando adivinaran correctamente, ganarían un punto. Las tres primeras en acumular tres puntos son Pandora Boxxx, Morgan y Mystique y así pasan a la segunda parte del desafío: vaciar una fuente llena de frituras de pedazos de carne, que deben vaciar lo más rápido posible. Las dos primeras en terminarlo serían las ganadoras del mini challenge de la semana. En el marco del concurso, la presencia Mystique, codificada como cuerpo obeso, habilitó la burla de las demás concursantes en relación a su idoneidad para ganar un desafío asociado al acto de comer: y en este contexto, las declaraciones de Raven (grabadas ex post) aparecen seleccionadas por los editores del programa en dos ocasiones. La primera, cuando se les informa que para el desafío van a tener que comer: “Mystique is finally going to win a challenge. Finally” (“por fin, Mystique va a ganar un desafío”). La segunda, cuando después de la degustación, Pandora Boxxx, Morgan y Mystique debieron terminar lo más rápido posible una fuente llena de frituras, diciendo que Mystique hubiera ganado con tan solo alzar el recipiente, abrir la boca y dejar caer los pedazos. Y al decirlo ejemplifica con gestos lo fácil que en su opinión le resultaría a Mystique ganar el desafío vinculado a la comida. Esos mismas expresiones y gestos son reproducidas por Raven, no ya en el contexto individual del detrás de escena, sino grupalmente frente a las demás participantes, a unos metros de Mystique. Es decir, humillándola al imitarla y ejemplificar con sus gestos cómo para una persona gorda ganar aquel desafío era cuestión de “alzar el recipiente y engullir los pedazos” (sin siquiera masticar). El comentario de Raven es precedido por el de Morgan quien se manifiesta en términos similares (“Mystique…she fucking swallowed that basket like the only one”: el verbo swallow connota, precisamente, la idea de que Mystique ni siquiera se tomó el tiempo de masticar sino que le bastó con tragar la comida; a su vez, la frase da a entender que sólo ella hubiera sido capaz de engullir la carne de la manera en que  supuestamente lo hizo, en clara referencia a un estereotipo relacionado con el aspecto de su cuerpo). Acto seguido, a manera de descargo, la producción nos muestra un detrás de cámara de Mystique en el que se refiere a los comentarios despectivos de Morgan y Raven: “Words are words. People think that words don’t hurt…but when you hear it every day…” (“Las palabras son palabras. Las personas piensan que las palabras no lastiman, pero cuando lo escuchás todos los días…”). Así queda planteada de manera frontal la cuestión de la gordofobia en el episodio tres de la segunda temporada de RPDR. Sin embargo, el acercamiento a la problemática por parte de los productores y editores del programa es más bien tibio y deja mucho que desear: después de todo, ¿no hubo un aproximamiento sesgado desde el momento en que, durante las escenas del mini challenge, se intercalaron las tomas del confesional de Raven refiriéndose a Mystique en términos despectivos y a partir de la burla? Pareciera haber algo en el relato que estructura la narrativa de este episodio que revuelve insistentemente la asociación, estereotipada, entre el acto comer (y, según Raven y Morgan se ríen entre ellas, comer compulsivamente y atragantarse de comida) y la gordura. Como en esta temporada de RPDR Mystique es la única persona cuyo cuerpo no obedece a los cánones de belleza difundidos por la normalidad capitalista, la única cuyo cuerpo drag se halla por fuera de las definiciones que identifican la belleza (y la deseabilidad) de los cuerpos a partir de su delgadez, fue sobre ella que recayó el peso y la carga despectiva de tener que pasar por una prueba que se definía a partir de la rapidez para vaciar una fuente repleta de frituras. ¿Qué tiene que ver esta consigna con un programa que consiste en una competencia de drag? La temática del episodio era grabar un sketch de actuación, con un comercial de una marca de grasa animal como excusa. ¿Pero no existió, también, la intención velada por parte de la producción de poner el foco en la presencia de una competidora que, desde un primer momento, manifestó la existencia de elementos que marginaban, de una forma u otra, su presencia en la competición? Para comprender mejor esta situación, repasemos brevemente los dos primeros capítulos de la segunda temporada de RPDR.

Burla asociada a estereotipos sobre las personas gordas. Raven imita la forma en que para ella Mystique ganó un desafío consistente en vaciar un tarro de comida frita: alzando el recipiente y tragando los pedazos. ¿Por qué la edición del programa habilita y nos muestra, a través del montaje de sus escenas, situaciones signadas por la discriminación?

Para el main challenge del primer episodio, las concursantes debieron preparar un vestido de gala basado en Scarlett O’Hara (el persona protagonista de la película lo que el viento se llevó, de 1936). Pero para hacerlo debían trabajar con una cortina, cortesía de Smith+noble (de esta forma el reality show de RuPaul no deja de recordarnos su inscripción en el marco de los mercados publicitarios que rigen la alianza entre capitalismo y televisión, incorporado a los auspiciantes y financistas del programa, como por ejemplo, Absolut Vodka, en las distintas instancias y competencias del programa). Ahora bien: Mystique planteó ante las cámaras su dificultad, como modelo gorda, para trabajar y elaborar un vestuario a partir de una cortina que resultaba insuficiente considerando su talle. Y, como vimos en el tercer episodio, esta situación habilitó a los editores para mostrarnos comentarios discriminatorias de las demás drag queens camuflados en clave “humorística”: acá se nos muestra un detrás de cámara de Raven declarando que Mystique parecía estar elaborando, más que un vestido, una “funda de almohada gigante”. Detrás de esta situación, surge también la crítica, por parte de las demás concursantes, de que, más que ser segregada por las dinámicas de un concurso en el que apenas se consideró la participación de personas gordas (de lo que, por ejemplo, el talle de los maniquís y la exigencia de elaborar un vestido a partir de una cortina ofrece evidencias), Mystique está haciendo un “escándalo” para cobrar notoriedad o valerse de su peso para sortear las dificultades y los requerimientos del jurado. Más tarde, en la pasarela, sabiendo Mystique que estaba en desventaja, se valió de saltar y caer al suelo con una apertura de piernas para impresionar al jurado. Sin embargo, además de criticar su vestuario, el jurado observó la “desprolijidad” de la pirueta para concluir que, al menos, su “sentido del humor” lograba salvarla. Con esto se referían a las respuestas que surgieron en el intercambio entre el jurado y Mystique durante la devolución que hicieron de su vestido: “puedo ser una chica gorda”, contestó, “pero puedo acabar con estas perras flacas [skinny bitches] usando un vestido corto también”.

En el mini challenge del segundo episodio las participantes debieron formar equipos. Al ser impar su número, una de ellas debió trabajar sola: Mystique. Cuando las dos ganadoras de esa instancia debieron formar equipos de cara al main challenge de la semana: presentar una actuación como bailarinas de caño frente a un público masculino. Frente a esta situación se nos muestran las declaraciones detrás de cámaras de Mystique, quien manifiesta estar al tanto de que elegirían a las más flacas (y que pueden mostrarse semidesnudas con mayor facilidad); y que, por lo tanto, no iba a quejarse por eso. “That’s not my personality. This isn’t high school” (“No es mi personalidad. Esto no es la escuela secundaria”). Durante el entrenamiento que recibieron por parte de profesionales en baile del caño Mystique mostró orgullo por su cuerpo y su flexibilidad. A pesar de que los editores mostraron las caras compungidas de sus compañeras flacas al verla bailar, en ningún momento perdió el foco de la competición y expresó a las cámaras su objetivo principal: divertirse. Y, como su equipo resultó ganador de la competencia, aseguró su lugar en la competencia por una semana más. Paradójicamente, una de la competidoras que desde un primer momento dirigió hacia ella comentarios teñidos de gordofobia, Raven, tuvo que performar su lypsinc for her life en esta instancia, salvándose por poco de ser eliminada.

Ahora sí volvamos al infame tercer episodio, aquel en que el mini challenge de degustación de comida provoca las burlas sobre Mystique por parte de Raven, la competidora que, en el final de este mismo episodio, queda en riesgo de eliminación una vez más, por segunda vez consecutiva, frente a la propia Mystique, quien se halla por primera vez en repechaje. Y, a pesar de ello, queda eliminada del programa. Consideremos, por un lado, la mecánica del programa: RuPaul, más allá de los demás comentarios del jurado, es quien decide “por cuenta propia” quién se va y quién se queda, quién va a eliminación y quién está a salvo. Resulta pertinente notar que no todos los comentarios que Mystique recibió en la pasarela fueron negativos en aquella ocasión. Y el hecho de que Raven se encuentre por segunda vez entre las que peor se desempeñaron en la semana, ¿no es de por sí suficiente como para considerar su descalificación frente a las demás? Sin embargo, en medio de todo esto, tenemos la línea narrativa de un episodio en el que la gordofobia pareció haber funcionado como un eje estructurante del guión. Los comentarios negativos sobre su cuerpo y a partir de estereotipos sobre la gordura (y en relación a la alimentación) que Mystique recibió fueron, según la edición se encargó de mostrarnos, enunciados por la propia Raven. Es decir, la participante que sería salvada en la instancia eliminatoria, a pesar de su mal desempeño en el desafío de actuación esa semana y en el desafío de baile de la semana previa (desafíos ambos para los que Mystique mostró una buena disposición, siendo sus críticas dirigidas particularmente a la inadecuación entre su vestuario y la consigna de la pasarela esa semana). Raven llegaría, a pesar de todo, a ser la semifinalista del concurso: ¿hasta qué punto su cuerpo, su aspecto físico, contribuyó en su continuidad en el programa (frente al cuerpo y el aspecto físico de Mystique)? Este ensayo se plantea estas preguntas reconociendo que las respuestas, en última instancia, quedan abiertas a la consideración de quien lo lea. Sin embargo, ¿no resulta llamativo que sea Raven la favorecida por las cámaras del espéctaculo gay? Y planteo esto aunque consideremos otros factores: por ejemplo, la personalidad. En las escenas del detrás de cámara del concurso oficial, distribuidas como RuPaul’s Drag Race Untucked y en donde observamos las conversaciones y, en muchos casos, peleas, que surgen entre las participantes detrás de bastidores, mientras esperan las definiciones del jurado, observamos el carácter temperamental de Mystique, pero, ¿no es también una consecuencia de la presión bajo la que tuvo que trabajar, reconociendo desde un primer momento en el que tuvo que elaborar un vestuario a partir de una cortina, consigna que no contemplaba su talle, que estaba en desventaja frente a las demás competidoras? Entre bastidores, también, surgieron las mismas burlas y críticas hacia su participación en el programa: Raven y Morgan siguieron resaltando el hecho de que “por su gordura” era “obvio” que Mystique ganaría el mini challenge de degustación de comida.



 Quiero concluir estas líneas de reflexión sobre la gordofobia como eje constructor de un relato sobre quién debe quedarse y quién debe irse de la competencia de RuPaul trayendo, una vez más, las declaraciones del detrás de cámara de Raven. En el momento en que debe performar el lypsinc for her life frente a Mystique en el tercer episodio, Raven plantea la preocupación de perder y de ser eliminada de la competencia por una persona que, a diferencia de ella, no posee un cuerpo hegemónico según los parámetros de belleza modernos: “I don’t care if I loss my wig, I don’t care if a broke a heel. At that point it was do or die because I was not gonna go home against Mystique” (No me importa si pierdo la peluca o si me rompo un tacón. En ese momento era hacerlo o morir porque no me iba a ir a casa contra Mystique”). De esta manera, la semifinalista de la segunda temporada de RPDR enfatizó lo fundamental que significaba para ella no ser derrotada por una persona gorda. En la medida en que se encargó de criticarla y de burlarse de ella durante todo el tiempo que compartieron en la competencia, la línea editorial del programa dejó bien en claro que hay lugar para la gordofobia y la estigmatización a lxs cuerpxs gordxs en un concurso de drag queens como el que RuPaul conduce. Consideremos, en última instancia, que al día de hoy RPDR tuvo más de 15 ediciones y que en ninguna de ellas la ganadora fue una persona gorda.