jueves, 23 de julio de 2020

El conservador frente al rebelde

 

Reflexiones a partir de un pasaje de La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera (17 -23 de julio, 2020).


Fotografìas de la primavera de Praga (1968).
Fotografìas de la primavera de Praga (1968).

Dice así: “en el extranjero comprobó que la transformación de la música en ruido es un proceso planetario, mediante el cual la humanidad entra en la fase de la fealdad total; el carácter total de la fealdad se manifestó en primer término como omnipresente fealdad acústica; coches, motos, guitarras eléctricas, taladros, altavoces, sirenas. La omnipresencia de la fealdad visual llegaría pronto”.

Y lo interpreto (o más bien dicho, lo siento) de la siguiente forma: es verdad lo que dice. Pero tampoco hace falta ser tan reaccionario.

Ya a lo mejor llego a comprenderlo en el paradigma político – que transmuta los efectos de su percepción y de su sensibilidad estética en términos políticos y que lo conducen a juzgar a la edad moderna exclusivamente por sus crímenes y horrores, dejando de lado sus potencias en cuanto la democratización, para grandes sectores de la población mundial, de un bienestar que antes era reservado para las élites y minorías dirigentes de la sociedad – de un autor de novelas nacido en Europa del Este el año 1929. Sabemos que su infancia y su juventud estuvieron atravesadas por la debacle de todo cuanto sostenía un mínimo carácter de cordura en una región que pronto se vería inmersa en la devastación de los ejércitos invasores y en la tergiversación de la razón humana por medio de los campos de exterminio.


Del artista checo Vladimir Boutnik.

Yo misma, nacida en 1997, llegué a sentir esta misma sensación de que el mundo social se va poniendo progresivamente más feo. Que la arquitectura de la edificios que se construyen ahora es desagradable, por ejemplo, y en esto hasta llegaría a darle la razón al autor checo. Llegué a escribir un cuento al respecto cuando tenía quince o dieciséis años: el relato consistía en que dos amigos describían, a la salida del colegio, mientas caminaba de vuelta a sus casas, en un barrio que era el mío y en una noche de invierno – porque yo misma, su autora, salía del colegio a las seis de la tarde y en julio a esa hora ya era de noche – el efecto cómico y a la vez espantoso que les generaba ver una casa, de esas que se construyeron en todos los barrios del Gran La Plata durante las décadas del 2000 y del 2010, casa que literalmente era un rectángulo o un cubo, una figura geométrica de paredes opacas. Por eso, pienso ahora, cómo Kundera profetizaba en su novela de 1984, la omnipresencia de la fealdad llegaría pronto y yo, ya para ese momento de mi vida, aún sin haberlo leído, era como una anciana en cuerpo adolescente capaz de aseverar: “la omnipresencia de la fealdad es ahora”. Las casas cuadradas, sin originalidad, demostraban la aséptica manifestación de los valores de una sociedad muerta para el tacto del arte e incapaz de acoger en sus miembros la percepción de lo que yo estimaba bello. Era la documentación visual de un período desastroso de la vida: la expansión global de los capitales financieros y los modelos de la familia burguesa del siglo XXI. Y del modelo de vivienda planificado para estas familias, es decir, de su arquitectura, derivaba una totalidad social horrenda: ¿cómo iban a tener, estos humanos hipermodernos, buen gusto para la música, me preguntaba, si aceptaban vivir en esas casas que parecían laboratorios?

El problema es el siguiente: ¿por qué yo misma, a esa edad, tenía la necesidad de ser reaccionaria como un novelista del este de Europa nacido siete décadas antes que yo? ¿Por qué compartía las opiniones de las generaciones pasadas? ¿Por qué temía a lo novedoso y por qué lo nuevo me parecía horrible?

Había algo que latía en mí desde pequeña, y muchísimo antes de que me considerase disidente desde lo sexual y mi identidad de género, desde el plano más propio en el que iba a vivir en contra de la cultura impuesta y la moral hegemónica de la Argentina del primer tercio del siglo XXI, esa Argentina que encarnaba a medias los valores de una sociedad que se pretendía laica pero en la que vastos sectores de su población aun se reivindicaban católicos, aunque fuera no más que una careta o una asunción hipócrita de compromiso contra la mutación de los valores y de las expectativas a que nos atenemos en la vida. ¿Y qué era lo que ya latía en mí a los catorce años y que me incitaba a dejarme largo el pelo? Un principio de inconformismo que, si bien, por culpa de la represión a la que me vi sometida desde pequeña, no llegó entonces a desbordar como rebeldía explícita, llega a aflorar como rebeldía retardada en este mi presente biográfico –  mi presente histórico –  de los 22 años, en que empecé a comentarles a mis amigues que yo no soy más un chico, que soy una chica, pero que eso tampoco me define y me congela, porque la razón de mi transición no es amoldarme en la quietud del extremo, sino a permanecer en la tensión de la fuga de aquello mismo que la sociedad y sus expectativas esperan de nosotres: la definición exacta, la palabra para definirnos, capturarnos y hacernos creer que nuestro destino es interpretar el rol al que nos sujeta uno u otro de los ejes del binario del género (y de esto escribiré también más adelante, en otro posteo, analizando otro fragmento de la novela de Milan Kundera que es relevante para cubrir este aspecto de lo que estoy viviendo, y de aquello contra lo que, dolorosamente, por fin ahora me estoy rebelando). Romper, en fin, con la gran cárcel de la razón en asuntos sexuales y afectivos, que es la estructura binaria de la construcción moderna y europea (y decir occidental para designar a lo que tuvo su origen en la Europa de los siglos que designamos modernos es un error, y argumentaré más adelante porque debemos dejar de cometerlo) del género.



Cuando me vi sometida a ella – desde el punto cero en que nací y me empezaron a tratar de varón –  no sabía los efectos desastrosos que esa estructura iba a ejercer para mí y mis personas queridas. Pero a los 15 años mi inconformismo no supo ser rebeldía. ¿Y en qué factores recayó el pesó de esa estulticia mía de entonces? ¿Por qué fui un adolescente tan manso e ingenuo – un adolescente tan varón, en tanto hay de acomodaticio y de privilegios a los que no se quiere renunciar siendo uno un varón? ¿Qué me estaba reprimiendo? ¿Qué privilegios no afrontaba cuestionar? Mi inconformismo se volvió reaccionario, fue la puesta en claro, mezquina, falaz, de que lo que estaba mal no era el sistema y la dominación consensuada por medio de la cual no podía imaginarme algo mejor que el sistema en el que vivía torturada, de no ser una única cosa: la idealización de su pasado. Porque convengamos que en eso consiste el reaccionarismo: es, de a ratos, casi indisoluble del romanticismo. Era la degradación del sistema en el presente en que me tocó vivirlo (y no su constitución estructural, su endémica violencia), su corrupción en el plazo del tiempo y, por consiguiente, esa pauperización estética (visual, sonora, etc.) de la que escribía Milan Kundera al explicar por medio de uno de sus personajes sus propias ideas.

Al hablar del poeta T. S. Eliot, Octavio paz señala que “ante los desastres de la modernidad el conservador y el rebelde comparten la misma angustia”. ¡Pero yo, a los 15 años, con toda mi apatía y mi soberbia, era un conservador por adelantado! Ahora, después de haber vivido en carne propia las crueldades de esta máquina de generar violencia que es la dominación capitalista, me comprendo a mí misma – primero que nada, como un hombre que ha renunciado a su masculinidad y se piensa como una mujer no binaria, en femenino, aunque sin dejarse definir por un punto extremo del binario del género o por el otro de forma excluyente – como una rebelde que reniega de la modernidad en términos dialécticos – y no nostálgicos, amañados en la inútil ensoñación de la vuelta al pasado-que-fue-mejor –. ¿Y por qué digo que reniego de la modernidad en términos dialécticos? Porque en la contradicción de las dinámicas que constituyen este presente están dadas las condiciones para el descubrimiento colectivo de una alternativa superadora, que dará lugar a nuevas experiencias de vida en un futuro que no será ni mejor ni peor que el momento que atravesamos ahora, pero sí, fundamentalmente distinto.

¿Por qué recaer en la apesadumbrada constatación de que todo es ahora más feo, más desagradable, si lo verdadero es que también hay cosas de la modernidad que nos son favorables, que debemos valorar en su justa medida? Porque la realidad es un conjunto de contradicciones y la intelección de la totalidad se escapa a la descripción unívoca de una línea evolutiva que indique la fealdad del presente ante la belleza del pasado. Pensar así es desconocer el tiempo histórico en su expresión más compleja: que los desastres ocasionados por la propagación parasitaria de esto que nombramos como modernidad no excluye que al día de hoy, en sociedades ya irreparablemente modernas, que son modernas, hipermodernas (en mi opinión hablar de posmodernidad es equívoco, ya transcribiré en formato digital las páginas en que argumento esta afirmación) tengamos motivos de celebración, causas por las que luchar y motivos para seguir resistiendo y construyendo alternativas a partir de lo que ya está dado y no tiene vuelta atrás. Porque en reconocer las injusticias se inaugura el campo, impensable para las mentes que defienden la reacción conservadora y romántica, de una experiencia de vivir gozando de lo que en su pensamiento censuran (la edad moderna en la magnitud del horror que supuso, sin el contrapeso de las victorias y los derechos conquistados en ella). Y comprender que lo que tenemos y conquistamos es motivo de alegría (de “liviandad” en términos de la poética de Milan Kundera), de baile, de música y poemas nuevos, de compromiso incluso, resignifica el vacío existencial al que por medio de ideologías confusas nos someten; en suma, a la resistencia y a la reconexión con lo diferente, con lo marginado, con lo prohibido como un emblema de lucha, por una alternativa diferencial de futuro, un futuro en el que más personas puedan expresarse libremente y en el cual cada vez sean más las que se hallen en condiciones de alcanzar sus metas y de proyectar su potencial humano.

 Ante esto, en mi opinión, el neoliberalismo es conservador y retrógrado, y no busca sino perimir derechos y defender privilegios de apellido y de clase. Un peligro al que nos enfrentamos al evaluar la epistemología social que implica la ideología del capitalismo tardío de finales del siglo XX y principios del XXI consiste en la convicción de que no existen alternativas. Pero las alternativas no existen porque estas no fueron enunciadas aun. Hay una potencia de cambio en las condiciones globales del sistema capitalista neoliberal. Pero esa potencia esta deprimida por la confusión y la difusión de diagnósticos erróneos con respecto a las dificultades que el modelo en cuestión enfrenta. Un diagnóstico errado es creer que el futuro sólo puede ser más horrible de lo que actualmente es. Y que el presente, de por sí, es ya el más horrible posible. No vivimos tiempos alegres. No vivimos tiempos pacíficos. La norma es la violencia y el acostumbramiento moral a la violencia la nueva norma hipermoderna. Pero: cabe recordar que la violencia a la que nos enfrentamos es reflejo de una historia cuya base es la expropiación, la colonización, la vulneración de poblaciones enteras y la masacre silenciada y cuyo recuerdo se borró y no se reivindica en la enseñanza impartida en las escuelas. ¿Por qué no lo decimos? ¿Por qué pretendemos desdibujar la realidad histórica? El punto es afirmar que los horrores de la edad moderna son constitutivos, son un factor interno, fundamental, de su formación. ¿Cómo superarlos, si no es asumiendo y reconociendo ese fundamento básico de la modernidad? Conciencia colectiva y memoria militante. El pasado no fue mejor que el presente. Fue distinto. Y en cara al futuro, la dominación no dejará de existir. Cambiaran sus formas, mutaran sus métodos. Y en el curso de los cambios cada generación impone un giro crítico. Pero, desgraciadamente, toda generación está compuesta tanto por rebeldes y por jóvenes prematuramente conservadores (y recuerden: yo, antes de transicionar, antes de tener conciencia de todas estas cosas, fui uno de esos ancianos en cuerpo joven). Y, de igual manera, desgraciadamente, siempre son más les conservadores que les genuinamente rebeldes.

 


domingo, 12 de julio de 2020

Resolviendo incógnitas: ¿Por qué este blog se llama máquina onírica?




Cuando era adolescente, adicta, como ahora, a internet, me llegó la noticia de un videojuego japonés muy extraño, que salió allá por octubre de 1998, es decir, un año después de que yo naciera, y que básicamente consistía en una emulación de la vida onírica de un personaje que, capaz de atravesar por distintas secuencias de sus sueños, controlamos durante estos viajes a su inconsciente hasta que nos chocamos con una pared o contra algún bicho y nos despertamos. Esta premisa, que así como suena no parece aportar nada interesante (¿para qué queremos manejar a un personaje cuya identidad desconocemos por un mundo de gráficos 3D pobremente renderizados en una experiencia que de jugable sólo tiene el movimiento de la cámara en primera persona?) es, a pesar de todo, un antecedente de walking simulator (que como alternativa indie pasó a obtener un mínimo reconocimiento en la industria del videojuego con el lanzamiento de Dear Esther en 2012, aunque al día de hoy se mantiene el debate de si este tipo de diseños no son más que una variante de novela gráfica o de narrativa con ciertos grados de inmersión) y tiene una serie de elementos un toque macabros que hacen que la experiencia de atravesar por sus niveles, construcciones aleatorias sobre una base de escenarios “prefabricados” cuyos elementos se van generando a partir de patrones inexplicables (y es en este punto en el que LSD: Dream Emulator, que así se llamó este título de 1998 que, por supuesto, jamás se público fuera del archipiélago japonés, apuntó a construir una dinámica de randomness y de extrañamiento similar a la que nos genera nuestra propia experiencia de soñar cosas difíciles de descifrar) se vaya poniendo, a medida que pasan las noches (los distintos niveles del juego, que se van calificando según un eje cartesiano que distingue a los sueños entre “estáticos” y “dinámicos” por un lado y “upper”, es decir, “alegres”, o “animados” y “downer”, “depresivos”, por el otro), progresivamente más y más horrible. ¿De qué estoy hablando? Primero que nada, de un personaje recurrente que es un anciano con sombrero vestido de gris que se te acerca y te despierta, haciéndote pasar de noche. Recuerdo haber leído comentarios de usarios comentando haberlo visto después de atestiguar, en un escenario que representa una ciudad de noche, un choque de autos y la muerte de una señora, o algo así, turbio. Y en segundo lugar, de una serie de videos intercalados en el medio de los niveles jugables, que cuentan, al final, en la tablita que comenté que califica a los sueños después de cada noche. Después de uno de estos videos, la noche pasa, y pasamos a la siguiente (que cubren los 365 días de un año, luego de lo cual el juego, sin más, termina). Los videos que recuerdo son, obviamente, fragmentos inconexos que se caracterizan por no narrar nada. (Hablo, ahora, a partir de mis recuerdos de la adolescencia, en un momento en que, intrigada, se me dio por bajar un ROM y probar por mi propia cuenta esta bizarreada de “jueguito” ponja). En uno, veía secuencias fast-forward de personas caminando por calles atestadas de ciudades de Japón. Gente cruzando la calle, recorriendo galerías comerciales, shoppings, subiendo y bajando por escaleras mecánicas. Antes de ver Koyaanisqatsi, la película de Godfrey Reggio, atestigüé impávido el acelerado movimiento de una sociedad hipermoderna: la del capitalismo japonés. Entre secuencia y secuencia, aparecían pantallas en negro con frases en ideogramas blancos, escritos no en horizontal como hacemos con nuestro alfabeto latino sino en vertical, y cuyo significado permanecerá por siempre siendo misterioso para mí, porque, ¿me interesa buscar la traducción? No, no me interesa. LSD: Dream Emulator es una basura inspirada en la experimentación psicotrópica. El propio nombre, con un abuso flagrante del doble sentido, lo indica. Otra secuencia: tomas de ovnis sobrevolando el cielo. ¿Cuál era el sentido de todo esto? ¿Para qué alguien se impondría el tedio de explorar los mundos oníricos de un jueguito pedorro que literalmente no dice nada, no explica nada, y ni siquiera es divertido? En fin: acá les dejo una galería de imágenes para que se den una idea. Si quieren saber más, pueden ver los cientos de gameplays que ya hay en YouTube. O bajarse la ROM, emularlo, y sufrirlo en carne propia.


Todo esto viene a cuenta del título de este blog, porque, seguramente, influida en aquellos años formativos de mi vida por semejante mierda que consumía en internet, sin saber los desequilibrios mentales que ya estaba propiciando para mi precario futuro, empecé a obsesionarme con mis sueños. La idea de que una máquina es onírica no dice mucho, pero si me pongo a pensarle un posible significado, este es sin lugar a dudas, el que sigue: el sueño es el campo de lo inexpresado durante la vida diurna haciéndose un hueco en nuestra consciencia...si lo sabemos y deseamos escuchar. Por eso el sueño no es una mera fantasía incoherente, como me detengo a explicarles a las personas que, negando los propios sentimientos que a través de sus sueños les fueron revelados (v. gr. “sueño que me chapo a un compañero, pero ese sueño es un disparate, no tiene ningún sentido, a mi no me gusta ese compañero, ni siquiera me gustan los hombres en general”), me insisten con aquello de que los sueños no significan nada, que son puro non sense, y que hay que seguir de largos sin darles mucha bolilla. Más tarde me psicoanalizaría. Leería Die Traudeutung, la interpretación de los sueños, aquel libro de Freud, fundante de la teoría y de la terapia psicoanalítica, editado al filo del siglo XX, en el que se afirma que los sueños son la via regia de acceso al inconsciente. A la edad de los 18 años, yo ya había acumulado dos cuadernos destinados a escribir, cuando me los acordaba, cuando hacía el esfuerzo consciente de acordármelos, mis sueños. Es algo que todavía hago, esperando, ilusionadísima, que en algún momento eso me va a llevar a desarrollar habilidades de lo que se convirtió en un meme (como casi todas las cosas en internet durante los últimos cuatro años): el lucid dreaming, preconizado por el investigador yanqui Stephen LaBerge, pero del que ya nos hablaba el aristócrata sinólogo francés Saint Denys en el siglo XIX…de hecho, a mí, por lo menos, no me cabe la duda de que todas las culturas del mundo que con vanidad catalogamos “primitivas”, a la hora de hablar de los asuntos que hoy en día, por carecer de una palabra mucho más detallada, denominamos “espirituales”, conocían mucho más que todes nosotres con respecto a estos asuntos de los sueños en general y de los sueños lúcidos en particular…



Una máquina onírica sería, en fin, un deseo imposible. Una máquina que se conecta a mi mente, y que transmite, sobre un proyector, mis sueños. Y ahí habría todo un catálogo lleno de carpetas que archivan todos los sueños que tuve, por cada día del año. Para que yo pueda volver y visitar y mostrarle a mis amigues los sueños pasados cuando yo quiera. Pero, en fin, los sueños no son sino el fenómeno más subjetivo que cabe suponer. Son sensaciones, además de pensamientos. Más bien, pensamientos que se figuran por medio de imágenes, recuerdos, sentimientos, sensaciones. Algo inexpresable. Algo que no se puede transmitir. Poder proyectarlos sería un vano reflejo de la potencia que ellos significan cuando, receptives, conectades con nuestro inconsciente, nos dejamos atravesar por ellos y la cruda verdad que nos reflejan.




sábado, 11 de julio de 2020

Sentido y futuro de este blog

Fiente:  Wikimedia, usuario Gagea.
Consideren que abandoné este proyecto, que inicié creo que a los quince años, tal vez antes, durante mucho tiempo. Consideren que mayormente lo usé para subir pensamientos dispersos, incluso incoherencias. Pero el blog, por alguna razón, principalmente por las reseñas de libros que se leen en el ciclo escolar de las escuelas argentinas, sigue recibiendo visitas diarias. ¡Pena me daría dejar de lado una plataforma desde la que proyectar mi pensamiento! Hay un comentario, en la reseña que hice sobre una obra de teatro de Armando Discépolo, que dice "clavícula el resumen". ¡Este blog le zafó la tarea a un adolescente (o, peor aun, a un estudiante universitario)! Le tengo aprecio. Me dan risa los primeros posteos que, realmente, no los borro por nostalgia (son pésimos y expresan opiniones que al día de hoy también me dan vergüenza). Lo último que hice fue recolocar acá unos posteos que había en otro blog mío, que borré porque se presentaba como una continuación de este pero le di aún menos bolilla. Estos datan, creo, de 2017: se trata de un análisis de las tiras del ilustrador Rodam Pitrani (recuerdo haberle compartido ese escrito por facebook y me contestó que sintió genuina identificación con las ideas que sobre su obra yo expresé ahí; nunca antes había ponderado la capacidad de mi escritura crítica por acercarme a las manifestaciones artísticas de mis contemporáneos a través de una interpretación que ahonde en el contenido que elles expresan a la vez que respetándolo, es decir, sin derrapar hacia intepretaciones abusivas o distorsionadas; por desgracia, mi depresión no diagnosticada, el horror de lo que me depararon mis últimos años de vida - en un plano más psicólogico que objetivo - y, finalmente, mi falta de seriedad a la hora de abordar mis proyectos escriturarios, coadyuvaron para que nunca más volviera a hacerlo), de un análisis de una canción de Serú Girán, y de una reacción ante las repercusiones mediáticas que tuvo la marcha por el ocho de marzo de 2017. Este último artículo, en perspectiva, implicó para mí un compromiso que hoy en día debo revalorizar y con justicia. Fue a mediados de junio de este año espantoso, de este año que nos trajo un espanto del que ni siquiera podíamos tener perspectiva previa, que empecé a identificarme como una feminidad trans y, sobre todo, como una persona no binaria. Rechazar mi ego masculino, aquel ego masculino que decía ser "hombre femenino", pero no se animaba a dejar de considerarse como tal, como un hombre implica para mí un montón de cosas que, a pesar de ser la escritura mi medio de expresión preferencial, aún al día de hoy me cuesta mucho poner por escrito. Ahora que no me llamo Renzo, sino que decidí adoptar un nombre nuevo, un nombre de origen propiamente americano, un nombre sin marcas de género: Lihuel, o Lihué, que significa "vida", "existencia"; ahora que estoy en el camino de una gran transición vital, ¿puedo darle un nuevo rol a este espacio de expresión? ¿puedo encarar este blog de una manera más interesante, más comprometida? Dicho esto, creo que la respuesta es obvia, y dejo de escribir esta nota que no era más que una breve aclaración para que, quien haya llegado acá, se concentre en esta idea: que el porvenir de lo que acá publique es el porvenir de mi escritura. Y siempre fui una artista del verbo. ¿Cómo rechazar a ese legado biográfico? Nunca voy a dejar de escribir, porque para mí escribir es más que un deseo: es una compulsión, una fiebre catártica que me incita a mancharme los dedos con tinta por más que necesite concentrarme en otras cosas, por más que crea que se pueda vivir mejor, pensamiento de ansiosa que soy, pensamiento neurótico por excelencia, sin la escritura (y sin su contraparte, la lectura). 

Fun Fact: la palabra griega psique significa alma pero también significa mariposa. Transmutar. Ir hacia el fuego "como la mariposa", como dice la canción de Adrián Abonizio.